Charles Darwin

Darwin
en la Argentina

Viaje, territorio y
observación científica

011832–1834 · 15 paradas15

Darwin
en la Argentina

01 15

Charles Darwin

Darwin en la Argentina

Viaje, territorio y observación científica

Selección y recontextualización editorial a partir de Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo, traducción española de Espasa-Calpe, 1921.

Proyecto académico de Diseño Editorial – FAPyD, Universidad Nacional de Rosario.

Cómo leer este libro

Por la tarde anclamos en la bahía del Buen Suceso […]

Texto de Darwin

Fragmentos seleccionados del diario, en la tipografía de la muestra.

01 Bahía del Buen Suceso

17–20 dic. 1832

Fecha y lugar

Ubican cada observación dentro del recorrido.

Registro de flora
Fagus betuloides

Registro de campo

Concentra flora, fauna, fósiles o materiales.

Mapa de tramo

Muestra dirección, paradas y desplazamientos.

D Nota de Darwin

E Nota de la edición española

Nota original

Pertenece a Darwin o a la edición española y se identifica como tal.

ED Nota editorial del proyecto

Nota editorial

Información incorporada por este proyecto y diferenciada visualmente del texto fuente.

004Apertura

Un sistema, tres modos de explorar

Libro

Lectura secuencial e inmersiva del viaje.

Mapa digital

Exploración espacial de las paradas y recorridos.

Fichas de campo

Consulta fragmentada de especies, fósiles, paisajes y observaciones.


Las tres piezas comparten fechas, nomenclaturas, iconografía y lenguaje visual. El código QR de esta página conecta con el mapa digital.

005Apertura

Introducción

El recorte argentino

Este libro re­co­rre los pa­sa­jes del viaje de Charles Darwin vin­cu­la­dos con el ac­tual te­rri­to­rio ar­gen­tino. La se­lec­ción re­or­ga­niza el ma­te­rial para se­guir el des­pla­za­miento de ma­nera cro­no­ló­gica y te­rri­to­rial: lle­gar, atra­ve­sar, ob­ser­var, re­gis­trar y com­pa­rar. El texto ori­gi­nal con­serva el cen­tro de la lec­tura; mapas, fe­chas, re­gis­tros de campo e imá­ge­nes per­mi­ten re­co­no­cer los lu­ga­res y com­pren­der cómo una ob­ser­va­ción del pai­saje puede con­ver­tirse en una pre­gunta cien­tí­fica.

006Apertura

Introducción

Qué va a encontrar el lector

En estas pá­gi­nas apa­re­cen re­la­tos de viaje, pai­sa­jes, plan­tas y ani­ma­les, fó­si­les, for­ma­cio­nes ge­o­ló­gi­cas, ríos, ciu­da­des y ca­mi­nos. Algunas ob­ser­va­cio­nes se leen de forma con­ti­nua y otras se pre­sen­tan como re­gis­tros bre­ves para de­te­nerse en una es­pe­cie, un ha­llazgo o una trans­for­ma­ción del te­rri­to­rio. Las capas edi­to­ria­les acom­pa­ñan el texto sin re­em­pla­zarlo: orien­tan, re­la­cio­nan y hacen vi­si­ble la in­for­ma­ción que en el dia­rio apa­rece dis­persa.

Fósil
Ave
Planta
Río
Montaña
Mapa
007Apertura

Índice del recorrido

Quince paradas · 1832–1834

  1. 01Bahía del Buen Suceso01017–20 dic. 1832
  2. 02Carmen de Patagones / Río Negro0163–10 ago. 1833
  3. 03Camino al Río Colorado024desde 11 ago. 1833
  4. 04Camino a Bahía Blanca030ago. 1833
  5. 05Bahía Blanca / Punta Alta03424 ago.–7 sep. 1833
  6. 06Sierra de la Ventana0448–10 sep. 1833
  7. 07Travesía de las Pampas05011–19 sep. 1833
  8. 08Buenos Aires I05820 sep. 1833
  1. 09Camino al Paraná / Rosario06227–30 sep. 1833
  2. 10Paraná fósil / Santa Fe0681–5 oct. 1833
  3. 11Bajada / geología del Paraná0725–12 oct. 1833; desde el 12, regreso por el Paraná
  4. 12Buenos Aires II080desde 20 oct. 1833; 6 dic., salida del Plata rumbo a Patagonia
  5. 13Puerto Deseado08223 dic. 1833
  6. 14Puerto San Julián0869 ene. 1834
  7. 15Río Santa Cruz09213 abr. 1834, llegada; 18 abr.–8 may., expedición río arriba y regreso al Beagle
008Apertura

Mapa general del recorrido

Izquierda: recorrido completo, 1832–1834.
Derecha: detalle de las paradas 02 a 12.

Leyenda

  • Parada principal
  • Recorrido terrestre
  • Recorrido fluvial / marítimo
  • Registro científico
  • Límite internacional

EDCosta, ríos y límites actuales (Natural Earth). El recorrido une los lugares que nombra el diario; el trazo entre ellos es orientativo.

009Apertura

01 17–20 dic. 1832

Bahía del
Buen Suceso

17 de di­ciem­bre de 1832.—Tras haber aca­bado con Patagonía y las islas Falkland, des­cri­biré nues­tra pri­mera lle­gada a Tierra del Fuego. Un poco des­pués del me­dio­día do­bla­mos el cabo de San Diego y en­tra­mos en el fa­moso es­tre­cho de Le Maire. Nos man­tu­vi­mos cerca de la costa fue­guina; pero el per­fil de la abrupta e in­hos­pi­ta­la­ria isla de los Estados apa­re­cía vi­si­ble entre las nubes. Por la tarde an­cla­mos en la bahía del Buen Suceso.

01001 Bahía del Buen Suceso

Llegar a un paisaje distinto

El puerto está for­mado por una buena ex­ten­sión de agua, medio ro­de­ada por mon­ta­ñas bajas y re­don­de­a­das, com­pues­tas de pi­za­rra ar­ci­llosa y cu­bier­tas de un bos­caje denso y som­brío hasta el borde del agua. Una mera oje­ada al pai­saje bastó para ha­cerme ver cuán en­te­ra­mente dis­tinto era aque­llo de todo cuanto había visto hasta en­ton­ces. Por la noche sopló un viento tem­pes­tuoso y pa­sa­ron sobre no­so­tros fuer­tes tur­bo­na­das, pro­ce­den­tes de las mon­ta­ñas. Mal tiempo hu­bié­ra­mos te­nido a estar en alta mar; así que bien pu­di­mos, como mu­chos otros, lla­mar a aquel abrigo la Bahía del Buen Suceso.

01101 Bahía del Buen Suceso

Encuentro y entrada al bosque

Por la ma­ñana el ca­pi­tán des­pa­chó un grupo a co­mu­ni­car con los fue­gui­nos. Cuando es­tu­vi­mos a corta dis­tan­cia, uno de los cua­tro in­dí­ge­nas que es­ta­ban pre­sen­tes se ade­lantó a re­ci­bir­nos y em­pezó a vo­ci­fe­rar con gran ve­he­men­cia, de­se­ando in­di­car­nos dónde ha­bí­a­mos de de­sem­bar­car. […] Al día si­guiente in­tenté pe­ne­trar en el país por cual­quier parte. Tierra del Fuego debe ser ca­li­fi­cada de país mon­ta­ñoso par­cial­mente su­mer­gido en el mar, de modo que las pro­fun­das en­se­na­das y ba­hías ocu­pan los lu­ga­res en que antes exis­tie­ron los va­lles (1).

E(1) La voz fiord es nombre local noruego que designa valles de origen glaciar sumersos en el mar por lento hundimiento del suelo. La extensión en el mundo de las costas de fiords puede estimarse en unos 30.000 kilómetros. Según Nordenskjold, precisamente la costa meridional de Patagonia y de Tierra del Fuego son, en el globo, las más ricas regiones en fiords. […]

EDDarwin también relata encuentros con habitantes fueguinos. Sus descripciones expresan la mirada europea y los prejuicios de su época; deben leerse en ese contexto.

01201 Bahía del Buen Suceso

Penetrar el bosque

Viendo que era casi im­po­si­ble se­guir avan­zando por el bos­que, tomé la ri­bera de un to­rrente que ba­jaba de la mon­taña. En un prin­ci­pio, las ca­ta­ra­tas y nu­me­ro­sos ár­bo­les muer­tos ape­nas me de­ja­ban dar un paso; pero a poco el cauce se pre­sentó más des­pe­jado, por haber que­dado lim­pias sus már­ge­nes con las ave­ni­das. Continué avan­zando len­ta­mente du­rante una hora por la que­brada y ro­cosa ri­bera, y me vi am­plia­mente re­mu­ne­rado por la mag­ni­fi­cen­cia del pai­saje. La som­bría pro­fun­di­dad de aquel ba­rranco se con­cer­taba con los uni­ver­sa­les sig­nos de tras­tor­nos. En ambos lados ya­cían en re­vuelta con­fu­sión masas irre­gu­la­res de roca y ár­bo­les arran­ca­dos; otros, que per­ma­ne­cían aún er­gui­dos, es­ta­ban po­dri­dos hasta la me­dula y pron­tos a ve­nirse abajo. La masa en­ma­ra­ñada de ve­ge­ta­ción vi­go­rosa mez­clada con tron­cos y fo­llaje secos me re­cordó los bos­ques tro­pi­ca­les; pero había una di­fe­ren­cia, por­que en estas mudas so­le­da­des la Muerte y no la Vida pa­re­cía ser el es­pí­ritu pre­do­mi­nante.

01301 Bahía del Buen Suceso

Registro de campo

Registro de flora

Todos los ár­bo­les per­te­ne­cían a una es­pe­cie, el Fagus be­tu­loi­des; por­que el nú­mero de otras es­pe­cies de Fagus y el de Drymis win­teri (1) ca­re­cía de im­por­tan­cia. El haya que acabo de citar con­serva sus hojas du­rante el año en­tero, pero su fo­llaje tiene un color verde par­dusco pe­cu­liar, con un tinte ama­ri­llento. Como en todo el pai­saje do­mina esa co­lo­ra­ción, el con­junto re­sulta som­brío […]

E(1) Arbolito de la familia de las magnoliáceas, que se extiende del sur de Méjico al estrecho de Magallanes.

Lugar
Bahía del Buen Suceso, Tierra del Fuego
Fecha
Diciembre de 1832
Nombres en la edición
Fagus betuloides · Fagus spp. · Drymis winteri

EDLos nombres científicos se conservan como figuran en la edición de 1921.

Fagus betuloides
Drymis winteri
01401 Bahía del Buen Suceso

Ascender y mirar

20 de di­ciem­bre.—Uno de los lados del puerto está for­mado por una mon­taña de 450 me­tros, a la que el ca­pi­tán Fitz Roy dió el nom­bre de Sir J. Banks, en me­mo­ria de su de­sas­trosa ex­cur­sión, pues en ella mu­rie­ron dos hom­bres y es­tuvo a punto de pe­re­cer tam­bién el Dr. Solander. […] Después de al­gu­nos es­fuer­zos ga­na­mos la zona de turba, y luego la des­nuda roca pi­za­rrosa.

Una loma unía esta mon­taña con otra, dis­tante al­gu­nas mi­llas, y más alta, cu­bierta de nieve a tre­chos. Como el día no es­taba muy avan­zado, re­solví ir a pie hasta allá y her­bo­ri­zar por el ca­mino. La ca­mi­nata hu­biera sido pe­no­sí­sima, a no haber ha­llado un sen­dero recto y bien apel­ma­zado, hecho por los gua­na­cos; por­que estos ani­ma­les, como las ove­jas, si­guen siem­pre el mismo ca­mino. Cuando lle­ga­mos a la mon­taña vimos que era la más alta de los al­re­de­do­res y que las aguas fluían al mar en opues­tas di­rec­cio­nes. Desde allí al­can­za­mos a ver toda la co­marca pró­xima: por el Norte se ex­ten­día un te­rreno yermo y pan­ta­noso; pero hacia el Sur se des­cu­bría un pai­saje de sal­vaje mag­ni­fi­cen­cia, per­fec­ta­mente adap­tado al ca­rác­ter ge­ne­ral de Tierra del Fuego. Tenía mis­te­riosa gran­deza el pai­saje de mon­taña tras mon­taña, con los hon­dos va­lles in­ter­me­dios, todo cu­bierto por una es­pesa y obs­cura masa de bos­que.

EDPerfil esquemático, sin escala, armado con los datos de este fragmento.

01501 Bahía del Buen Suceso

02 3–10 ago. 1833

Carmen de Patagones
Río Negro

El Beagle […] el 3 de agosto llegó frente a la de­sem­bo­ca­dura del río Negro. Este es el río más im­por­tante de toda la línea de la costa, entre el es­tre­cho de Magallanes y el Plata. Entra en el mar cerca de 300 mi­llas al sur del es­tua­rio de este úl­timo. Hace unos cin­cuenta años, bajo el an­ti­guo go­bierno es­pa­ñol, se es­ta­ble­ció aquí una pe­queña co­lo­nia, y ella es, a la fecha en que es­cribo, la po­si­ción más me­ri­dio­nal (41° de la­ti­tud) de la costa este de América ha­bi­tada por el hom­bre ci­vi­li­zado.

01602 Carmen de Patagones / Río Negro

El Río Negro y su valle

EDSección esquemática del cantil, sin escala, armada con lo que describe este fragmento.

El te­rri­to­rio in­me­diato a la de­sem­bo­ca­dura del río es mí­sero en ex­tremo: en el Sur co­mienza una larga línea de can­ti­les per­pen­di­cu­la­res, que dejan ver una sec­ción de la na­tu­ra­leza ge­o­ló­gica del país. Los es­tra­tos son de are­nisca, y una de las capas me llamó la aten­ción por estar com­puesta de un con­glo­me­rado de pie­dre­ci­tas pómez, que deben de haber re­co­rrido más de 400 mi­llas desde los Andes. La su­per­fi­cie se halla cu­bierta en todas par­tes por una es­pesa capa de grava, que se ex­tiende en un gran es­pa­cio por la lla­nura des­cu­bierta. El agua es­ca­sea en ex­tremo, y donde la hay es casi in­va­ria­ble­mente sa­lo­bre. La ve­ge­ta­ción es ra­quí­tica y pobre […]

01702 Carmen de Patagones / Río Negro

El Carmen /
Patagones

La villa es in­di­fe­ren­te­mente lla­mada El Carmen o Patagones. Está edi­fi­cada frente a un peñón que mira al río, y mu­chas de las casas han sido ex­ca­va­das en la are­nisca. El río tiene una an­chura de 200 a 300 me­tros y es pro­fundo y rá­pido. Las nu­me­ro­sas islas, con sus sau­ces, y los fa­ra­llo­nes sa­lien­tes, vis­tos uno tras otro en el lí­mite sep­ten­trio­nal del an­chu­roso valle ves­tido de ver­dor, for­man, a la bri­llante luz del sol, un con­junto casi pin­to­resco.

01802 Carmen de Patagones / Río Negro

Excursión a la salina

Un día fui a ca­ba­llo a un gran lago sa­lado o Salina, que dista del pue­blo unos 24 ki­ló­me­tros. Durante el in­vierno esta sa­lina es un gran charco de sal­muera, que en ve­rano se con­vierte en un gran campo de sal blanca como la nieve. La capa in­me­diata a las már­ge­nes tiene un es­pe­sor de 10 ó 12 cen­tí­me­tros, pero au­menta hacia el cen­tro. Este lago era de cua­tro ki­ló­me­tros de largo, por más de uno y medio de ancho. Hay otros en las in­me­dia­cio­nes mucho ma­yo­res y con un piso de sal de seis a nueve cen­tí­me­tros de grueso, aun es­tando cu­bierto de agua en el in­vierno. Cualquiera de estas ex­ten­sio­nes, de per­fecto nivel y des­lum­brante blan­cura, en medio de la lla­nura de­so­lada, ofrece siem­pre un es­pec­tá­culo ex­tra­or­di­na­rio.

EDLas medidas del fragmento

24 km
del pueblo a la salina
4 × 1,5 km
largo por ancho del lago («más de uno y medio»)
10–12 cm
espesor de la sal en las márgenes
01902 Carmen de Patagones / Río Negro

Registro de campo

Cristales y sales

Las már­ge­nes del lago están for­ma­das de lé­gamo y en él se ha­llan se­pul­ta­dos nu­me­ro­sos y gran­des cris­ta­les de yeso, al­gu­nos de los cua­les tie­nen siete cen­tí­me­tros de largo, mien­tras en la su­per­fi­cie yacen es­par­ci­dos otros de sul­fato de sodio. Los gau­chos lla­man a los pri­me­ros «el padre de la sal» y a los se­gun­dos «la madre», y ase­gu­ran que estas sales pro­ge­ni­tu­ras se pre­sen­tan siem­pre en las ori­llas de las sa­li­nas cuando el agua em­pieza a eva­po­rarse.

ED«Padre» y «madre de la sal» son los nombres que Darwin recoge de los gauchos; no son nomenclatura científica actual.

7 cm · tamaño real
«El padre de la sal»Cristales de yeso, sepultados en el légamo de las márgenes.
«La madre»Sulfato de sodio, esparcido en la superficie.
02002 Carmen de Patagones / Río Negro

Vida en la salmuera

El cieno es ne­gruzco y tiene un olor fé­tido. Al prin­ci­pio no pude dar con la causa de ello; pero des­pués ob­servé que la es­puma, arras­trada por el viento hacia las már­ge­nes, es­taba co­lo­re­ada de verde, como si con­tu­viera con­fer­vas. Intenté lle­var a casa una por­ción de esta ma­te­ria verde, pero un ac­ci­dente im­pre­visto ma­lo­gró mi pro­pó­sito. Algunas par­tes del lago, vis­tas a corta dis­tan­cia, apa­re­cían de color ro­jizo, lo cual se debía quizá a cier­tos in­fu­so­rios. El cieno apa­re­cía le­van­tado en mu­chos si­tios por una mul­ti­tud de gu­sa­nos ané­li­dos. ¡Cuán sor­pren­dente es que haya ani­ma­les ca­pa­ces de vivir en la sal­muera y que anden arras­trán­dose entre cris­ta­les de sul­fato de sodio y cal! Y ¿qué es de esos gu­sa­nos cuando du­rante el largo ve­rano se en­du­rece la su­per­fi­cie con­vir­tién­dose en una só­lida capa de sal? Este lago es fre­cuen­tado por nu­me­ro­sos fla­men­cos, que pro­crean aquí; en toda Patagonia, en el norte de Chile y en las islas de los Galápagos he en­con­trado estas aves don­de­quiera que había lagos sa­la­dos. En el sitio de que trato los vi va­de­ando de aquí para allá en busca de co­mida —pro­ba­ble­mente de gu­sa­nos es­con­di­dos en el cieno— […]

EDLo que Darwin observa, en orden

Espuma verde: «confervas»
Color rojizo: «infusorios»
Gusanos anélidos
Flamencos
02102 Carmen de Patagones / Río Negro

Un pequeño mundo habitable

De este modo te­ne­mos un pe­queño mundo de vi­vien­tes re­clui­dos en el re­cinto de un lago de sal­muera y per­fec­ta­mente adap­ta­dos a este medio. Se dice (1) que en los hoyos de sal­muera de Lymington viven di­mi­nu­tos crus­tá­ceos en nú­mero in­con­ta­ble, per­te­ne­cien­tes a la es­pe­cie Cáncer sa­li­nas, pero so­la­mente en aque­llos en que el lí­quido ha al­can­zado, por eva­po­ra­ción, con­si­de­ra­ble den­si­dad, lle­gando a tener tres onzas de sal por cuar­ti­llo de agua.

¡Bien podemos afirmar que todas las partes del mundo son habitables!

D(1) Linnean Trans., vol. XI, pág. 205. […]

02202 Carmen de Patagones / Río Negro

Partir hacia el Colorado

En vista de que el Beagle in­ten­taba re­ca­lar en Bahía Blanca re­solví en­ca­mi­narme allá por tie­rra, y úl­ti­ma­mente am­plié mi plan an­te­rior de­ci­dién­dome a re­co­rrer todo el ca­mino hasta Buenos Aires va­lién­dome de las pos­tas.

EDEl camino por tierra, de parada en parada. Esquema sin escala.

02302 Carmen de Patagones / Río Negro

03 11 ago. 1833

Camino al
Río Colorado

11 de agosto.—Me acom­pa­ña­ron en el viaje mís­ter Harris, un señor de na­cio­na­li­dad in­glesa, re­si­dente en Patagones, un guía y cinco gau­chos, que mar­cha­ban al cam­pa­mento del ejér­cito con asun­tos pro­pios del ser­vi­cio. El Colorado, como ya he dicho, dista unos 130 ki­ló­me­tros, y como ca­mi­ná­ba­mos des­pa­cio tar­da­mos dos días y medio en el ca­mino.

EDLo que el diario registra en el camino, en orden. Esquema sin escala.

02403 Camino al Río Colorado

Atravesar el desierto

El país, en todo el tra­yecto de esta ruta, ape­nas me­rece nom­bre mejor que el de un de­sierto. Sólo en­con­tra­mos agua en dos pe­que­ños pozos; la lla­man dulce, pero aun en esta época del año, du­rante la es­ta­ción llu­viosa, es com­ple­ta­mente sa­lo­bre. En ve­rano debe de ser un ca­mino tris­tí­simo, por­que aun ahora pre­sen­taba un as­pecto bas­tante de­so­lado. El valle del río Negro, con ser tan ancho, es una mera ex­ca­va­ción prac­ti­cada en la pla­ni­cie de are­nisca, por­que in­me­dia­ta­mente en­cima de la mar­gen donde se alza la ciu­dad em­pieza una cam­piña llana, sólo in­te­rrum­pida por al­gu­nos va­lles y de­pre­sio­nes sin im­por­tan­cia. Por todas par­tes el pai­saje pre­sen­taba el mismo as­pecto es­té­ril; un suelo cas­ca­joso y seco cría matas de hierba mar­chita y ar­bus­tos dis­per­sos ar­ma­dos de es­pi­nas.

02503 Camino al Río Colorado

Walleechu

Poco des­pués de pasar la pri­mera fuente dimos vista a un árbol fa­moso, que los in­dios ve­ne­ran como altar de Walleechu. Está si­tuado en un al­to­zano de la lla­nura, y de ahí que sea un hito vi­si­ble a gran dis­tan­cia. No bien al­gu­nas tri­bus de sal­va­jes le di­vi­san, le tri­bu­tan su ado­ra­ción a gran­des voces. El árbol es bajo, fron­doso y es­pi­noso; en la parte más baja del tronco tiene un diá­me­tro de unos nueve de­cí­me­tros. Se yer­gue so­li­ta­rio, y fué el pri­mer árbol que vimos; des­pués en­con­tra­mos al­gu­nos otros de la misma clase, pero poco abun­dan­tes. Como es­tá­ba­mos en in­vierno el árbol no tenía hojas, pero en su lugar pen­dían de las ramas secas va­rias ofren­das ata­das con cor­de­les, tales como ci­ga­rros, pan, carne, pe­da­zos de tela, et­cé­tera.

ED«Walleechu» es la grafía con que Darwin anota el nombre. El fragmento describe una práctica religiosa de los pueblos indígenas de la región con palabras de su época, como «salvajes»; debe leerse en ese contexto.

02603 Camino al Río Colorado

Primera noche a la intemperie

En este sitio tu­vi­mos las cua­tro cosas ne­ce­sa­rias para la vida en el campo (1): pasto para los ca­ba­llos, agua (sólo una chairca ce­na­gosa), carne y leña. Los gau­chos se pu­sie­ron del mejor humor al ha­llar todos estos lujos, y en breve em­pe­za­mos a pre­pa­rar la cena con la carne de la pobre vaca. Esta fué la pri­mera noche que pasé a la in­tem­pe­rie, te­niendo por cama el re­cado de mon­tar. En la vida in­de­pen­diente del gau­cho hay una ín­tima sa­tis­fac­ción en el hecho de poder ape­arse en cual­quier mo­mento y decir: «Aquí voy a pasar la noche.» El si­len­cio fú­ne­bre de la lla­nura, los pe­rros ha­ciendo cen­ti­nela, y el gi­ta­nesco grupo de los gau­chos en torno del fuego, han de­jado en mi ánimo una pin­tura in­de­le­ble de esta pri­mera noche, que nunca ol­vi­daré.

E(1) En español en el original.

EDLas cuatro cosas necesarias

  1. 1Pasto para los caballos
  2. 2Agua
  3. 3Carne
  4. 4Leña
02703 Camino al Río Colorado

Fauna y cambio del terreno

Al día si­guiente el te­rreno se­guía siendo se­me­jante al an­te­rior­mente des­crito. Está ha­bi­tado por al­gu­nas aves y cua­drú­pe­dos de va­rias cla­ses. De cuando en cuando po­dían verse un ciervo o un gua­naco (llama sal­vaje), pero el agutí (Cavia Patagónica) es el cua­drú­pedo más común. Este ani­mal re­pre­senta aquí a nues­tras lie­bres; se di­fe­ren­cia, sin em­bargo, de este gé­nero en mu­chos res­pec­tos esen­cia­les, como, por ejem­plo, en tener so­la­mente tres dedos en las patas tra­se­ras. […] A la ma­ñana si­guiente, con­forme nos apro­xi­má­ba­mos al río Colorado, cam­bió el as­pecto del país; pronto lle­ga­mos a una lla­nura cu­bierta de cés­ped, que por sus flo­res, alto tré­bol y pe­que­ños buhos se pa­re­cía a las Pampas. Pasamos tam­bién por un pan­tano ce­na­goso de con­si­de­ra­ble ex­ten­sión, que en ve­rano se seca y se cubre de una cos­tra de sales va­rias, por lo que se le llama sa­li­tral. Estaba lleno de plan­tas ena­nas y cra­sas como las que cre­cen en la costa.

Agutí (Cavia Patagónica)

EDCómo cambia el terreno al acercarse al río, según el diario. Esquema sin escala.

02803 Camino al Río Colorado

Cruzar el Río Colorado

El Colorado, en el paso por donde le cru­za­mos, mide so­la­mente unos 60 me­tros de ancho, pró­xi­ma­mente la mitad del que tiene en ge­ne­ral. Su curso es muy tor­tuoso, es­tando mar­cado por sau­ces y es­pe­su­ras de cañas; la dis­tan­cia en línea recta hasta la de­sem­bo­ca­dura del río es, según se dice, de nueve le­guas; pero 25 por el agua. Al cru­zarle en la canoa nos vimos de­te­ni­dos por in­men­sas ye­gua­das, que pa­sa­ban na­dando para se­guir de­trás de una di­vi­sión de tro­pas que se ha­llaba en el in­te­rior. Nunca he con­tem­plado un es­pec­tá­culo tan ori­gi­nal como el que pre­sen­ta­ban cien­tos y cien­tos de ca­be­zas todas en la misma di­rec­ción, con las ore­jas er­gui­das y las fosas na­sa­les di­la­ta­das, dando re­so­pli­dos y apa­re­ciendo a flor de agua como un banco de ex­tra­ños ani­ma­les an­fi­bios.

EDUn curso «muy tortuoso»: las medidas que da el fragmento. Esquema sin escala.

02903 Camino al Río Colorado

04 ago. 1833

Camino a
Bahía Blanca

Cambio de territorio

A la ma­ñana si­guiente par­ti­mos para Bahía Blanca, donde lle­ga­mos en dos días. Al salir del cam­pa­mento re­gu­lar pa­sa­mos junto a los tol­dos de los in­dios. Son unas cho­zas re­don­das como los hor­nos, cu­bier­tas con pie­les; a la en­trada de cada una se yer­gue un chuzo pun­tia­gudo cla­vado en tie­rra. Los tol­dos están di­vi­di­dos en gru­pos se­pa­ra­dos, que per­te­ne­cían a tri­bus de dis­tin­tos ca­ci­ques, y los gru­pos se di­vi­dían de nuevo en otros más pe­que­ños, según las pa­ren­te­las de sus due­ños. En un tra­yecto de va­rias mi­llas via­ja­mos a lo largo del valle del Colorado. Las lla­nu­ras alu­via­les con­ti­guas pa­re­cían fér­ti­les, y se su­po­nen a pro­pó­sito para cul­ti­var trigo en ellas. Volviendo hacia el Norte, en­tra­mos en una re­gión que di­fiere de la de las lla­nu­ras del sur del río. La tie­rra con­ti­nuó aún siendo seca y es­té­ril, pero criá­banse en ella plan­tas de mu­chas cla­ses, y la hierba, aun­que tos­tada y co­rre­osa, se hacía más abun­dante, al paso que iban es­ca­se­ando los ar­bus­tos es­pi­no­sos. Esta úl­tima ve­ge­ta­ción de­sa­pa­re­ció en­te­ra­mente al poco tre­cho, y las lla­nu­ras que­da­ron sin la menor ma­leza que cu­briera su des­nu­dez. El cam­bio que aca­ba­mos de in­di­car se­ñala el co­mienzo del gran de­pó­sito cal­cá­re­o­ar­ci­lloso que forma la di­la­tada ex­ten­sión de las Pampas, y cubre las rocas gra­ní­ti­cas de la Banda Oriental. Desde el es­tre­cho de Magallanes al Colorado, en una dis­tan­cia de 1.300 ki­ló­me­tros, el te­rreno se com­pone de cas­cajo; los gui­ja­rros son en su mayor parte de pór­fido, y pro­ba­ble­mente pro­ce­den de las rocas de la Cordillera.

EDEsquema sin escala.

03004 Camino a Bahía Blanca

Dunas y agua dulce

Después de re­co­rrer a ca­ba­llo unos 34 ki­ló­me­tros, lle­ga­mos a una ancha faja de dunas de arena, que se ex­tiende hasta donde la vista puede al­can­zar de Este a Oeste. Las lomas de arena, que des­can­san sobre ar­ci­lla, per­mi­ten la for­ma­ción de pe­que­ños char­cos, lo que su­mi­nis­tra en este seco país un sur­tido ina­pre­cia­ble de agua dulce. Frecuentemente pasan inad­ver­ti­das las gran­des ven­ta­jas que pro­ce­den de las de­pre­sio­nes y ele­va­cio­nes del suelo. Los dos ra­quí­ti­cos ma­nan­tia­les exis­ten­tes en el tra­yecto entre los ríos Negro y Colorado te­nían su ori­gen en in­sig­ni­fi­can­tes de­si­gual­da­des de la lla­nura; a no ser por ellas no se hu­biera ha­llado ni una gota de agua. La faja de dunas are­no­sas tiene una an­chura apro­xi­mada de 13 ki­ló­me­tros; en algún pe­rí­odo an­te­rior formó pro­ba­ble­mente la mar­gen de un gran es­tua­rio, donde ahora corre el Colorado.

EDPor qué hay agua dulce en la faja de dunas: la arena descansa sobre arcilla. Esquema sin escala.

03104 Camino a Bahía Blanca

Posta, pantano y barro

Tras cru­zar la ex­ten­sión are­nosa, lle­ga­mos ya tarde a una de las pos­tas, y como los ca­ba­llos de re­fresco es­ta­ban pas­tando a cierta dis­tan­cia, re­sol­vi­mos pasar allí la noche. La casa es­taba si­tuada al pie de un cerro de 30 a 60 me­tros de alto, el rasgo más no­ta­ble de este país. Esta posta tenía por jefe a un te­niente negro na­cido en Africa, y en su elo­gio debo decir que no había un ran­cho entre el Colorado y Buenos Aires que se acer­cara a éste en orden y lim­pieza. Allí en­con­tra­mos un cuar­tito para los fo­ras­te­ros que lle­ga­ran y un pe­queño co­rral para los ca­ba­llos, y ambos lo­ca­les es­ta­ban he­chos de palos y cañas; ade­más se había ca­vado un foso o zanja al­re­de­dor de la casa, como de­fensa para el caso de ser ata­cada. […] Dejamos atrás Cabeza de Buey, an­ti­guo nom­bre dado al trozo pri­mero de un gran pan­tano que se ex­tiende desde Bahía Blanca. Aquí mu­da­mos de ca­ba­llos y re­co­rri­mos al­gu­nas le­guas de te­rreno en­char­cado y ma­ris­mas sa­li­nas. Después de re­no­var por úl­tima vez las ca­bal­ga­du­ras, em­pe­za­mos otra vez a va­dear por lo­da­za­les. Cayóse mi mon­tura y me puse per­dido de barro, ac­ci­dente de lo más de­sa­gra­da­ble que es dable ima­gi­nar cuando no se tiene ropa con que mu­darse.

03204 Camino a Bahía Blanca

Llegar al fuerte de Bahía Blanca

A pocos ki­ló­me­tros del fuerte en­con­tra­mos a un hom­bre, y nos dijo que se había dis­pa­rado un fuerte ca­ño­nazo, que es una señal de que los in­dios están cerca. Inmediatamente de­ja­mos el ca­mino y se­gui­mos la ori­lla de un pan­tano, que en caso de per­se­cu­ción ofrece el mejor modo de es­ca­par. Con no pe­queña sa­tis­fac­ción lle­ga­mos al am­paro del fuerte, donde su­pi­mos que la alarma ca­re­cía de fun­da­mento, pues los in­dios re­sul­ta­ron ser ami­gos que de­se­a­ban unirse al ge­ne­ral Rosas.

Bahía Blanca ape­nas me­rece el nom­bre de aldea (1), pues sólo tiene unas cuan­tas casas y las ba­rra­cas para la tropa den­tro de una mu­ra­lla que tiene al pie un foso pro­fundo.

E(1) Hoy es una ciudad de 40.000 habitantes, capital del partido de su nombre y primer puerto de exportación de la Argentina.

EDEse «hoy» es el de la traducción: 1921.

EDEl fuerte según el fragmento. Planta esquemática, sin escala; la forma es supuesta.

03304 Camino a Bahía Blanca

05 1832–1833

Bahía Blanca
Punta Alta

Pasamos la noche en Punta Alta, y me ocupé en buscar huesos fósiles; el sitio me invitaba a ello, pues este punto es una perfecta catacumba de monstruos de razas extintas.

La noche era se­rena y clara, y la ex­tre­mada mo­no­to­nía del pai­saje le hacía in­te­re­sante aun entre la mez­co­lanza de ban­cos de cieno y ga­vio­tas, mon­tí­cu­los de arena y bui­tres so­li­ta­rios. Al vol­ver a ca­ba­llo por la ma­ñana pa­sa­mos por el ras­tro muy re­ciente de un puma o león ame­ri­cano, pero no lo­gra­mos dar con él.

03405 Bahía Blanca / Punta Alta

Un lugar observado en más de una visita

El Beagle arribó a Bahía Blanca en 24 de agosto, y una se­mana des­pués zarpó para el Plata. Con el be­ne­plá­cito del ca­pi­tán Fitz Roy, me quedé atrás, para via­jar por tie­rra hasta Buenos Aires. Añadiré aquí al­gu­nas ob­ser­va­cio­nes he­chas du­rante esta vi­sita y en una oca­sión an­te­rior, cuando el Beagle se ocu­paba en la hi­dro­gra­fía del puerto. La lla­nura, a la dis­tan­cia de unas cuan­tas mi­llas de la costa, per­te­nece a la gran for­ma­ción pam­pe­ana, que se com­pone en parte de una roca mar­gosa muy cal­cá­rea, y en parte de ar­ci­lla ro­jiza. Más cerca de la costa hay al­gu­nos lla­nos for­ma­dos por el des­gaste de la pla­ni­cie su­pe­rior y por el cieno, grava y arena arro­ja­dos por el mar du­rante la lenta ele­va­ción del país, cuya ele­va­ción es evi­dente por las capas re­cien­tes de mo­lusco que se ha­llan en cier­tas al­tu­ras, así como por los can­tos ro­da­dos de pie­dra pómez es­par­ci­dos por el país.

EDDos visitas y un corte del terreno, con los datos de este fragmento. Esquemas sin escala.

03505 Bahía Blanca / Punta Alta

Registro de campo

Inventario fósil I

1.º Varias par­tes de tres ca­be­zas y otros hue­sos del Megatherium, cuyas enor­mes di­men­sio­nes ex­presa su nom­bre mismo.

2.º El Megalonyx, gi­gan­tesco ani­mal afín.

3.º El Scelidotherium, ani­mal tam­bién afín, del que ob­tuve un es­que­leto casi com­pleto. Ha de­bido ser tan grande como un ri­no­ce­ronte; por la es­truc­tura de la ca­beza se acerca mu­chí­simo al hor­mi­guero del Cabo, según Owen; pero en otros par­ti­cu­la­res se pa­rece a los ar­ma­di­llos.

4.º El Mylodon Darwinii, gé­nero es­tre­cha­mente re­la­cio­nado con los pre­ce­den­tes, de ta­maño un poco menor.

EDEl inventario sigue en la página siguiente: son nueve grandes cuadrúpedos.

03605 Bahía Blanca / Punta Alta

Inventario fósil II

5.º Otro gi­gan­tesco cua­drú­pedo des­den­tado.

6.º Un ani­mal grande, con ca­pa­ra­zón óseo en com­par­ti­mien­tos o di­vi­sio­nes, muy pa­re­cido al de un ar­ma­di­llo.

7.º Una es­pe­cie ex­tin­guida de ca­ba­llo, al que vol­veré a re­fe­rirme.

8.º Un diente de un ani­mal pa­qui­der­ma­toi­deo, pro­ba­ble­mente el mismo que el Macrauchenia, bes­tia enorme, con un largo cue­llo como un ca­me­llo, del que tra­taré más ade­lante.

Finalmente, el Toxodon, tal vez uno de los más ex­tra­ños ani­ma­les que hayan sido des­cu­bier­tos; en la talla es igual al ele­fante o me­ga­te­rio, pero la es­truc­tura de sus dien­tes, como ase­gura Mr. Owen, de­mues­tra in­dis­cu­ti­ble­mente que guar­daba es­tre­chí­si­mas re­la­cio­nes con los ro­e­do­res, el orden que hoy in­cluye la mayor parte de los cua­drú­pe­dos me­no­res; en mu­chos por­me­no­res se acerca a los pa­qui­der­mos; juz­gando por la po­si­ción de sus ojos, oídos y na­ri­ces, era pro­ba­ble­mente acuá­tico, como el du­gong y el ma­natí, con el que tiene gran pa­ren­tesco. ¡Cuán ma­ra­vi­lloso es que ór­de­nes tan di­fe­ren­tes, al pre­sente en­te­ra­mente se­pa­ra­dos, coin­ci­dan en di­fe­ren­tes pun­tos de la es­truc­tura del Toxodon! Los res­tos de estos nueve gran­des cua­drú­pe­dos y mu­chos hue­sos suel­tos se en­con­tra­ron en­te­rra­dos en la playa en el es­pa­cio de unos 200 me­tros cua­dra­dos. Es no­ta­ble la cir­cuns­tan­cia de que se ha­lla­ran reu­ni­das tan­tas es­pe­cies dis­tin­tas, y prueba cuán nu­me­ro­sas de­bie­ron ser las que ha­bi­ta­ron en este país.

EDUn punto por cada especie del inventario. Esquema sin escala.

03705 Bahía Blanca / Punta Alta

Otro yacimiento cercano

A la dis­tan­cia de unos 50 ki­ló­me­tros de Punta Alta, en un can­til de tie­rra roja, hallé va­rios frag­men­tos de hue­sos, al­gu­nos de gran ta­maño. Entre ellos había los dien­tes de un ro­e­dor de ta­maño y forma muy pa­re­ci­dos al capy­bara, cuyos há­bi­tos se han des­crito, y, por lo tanto, según todas las pro­ba­bi­li­da­des, un ani­mal acuá­tico. También se en­con­traba en ese lugar parte de la ca­beza de un Ctenomys, es­pe­cie que es dis­tinta del tu­cu­tuco, pero muy pa­re­cida a él en ge­ne­ral. La tie­rra roja, se­me­jante a la de las Pampas, en que di­chos res­tos es­ta­ban em­po­tra­dos con­tiene, según el pro­fe­sor Ehrenberg, ocho ani­mál­cu­los in­fu­so­rios de agua dulce y uno de agua sa­lada; por tanto, pro­ba­ble­mente es un de­pó­sito de es­tua­rio.

EDSon dos sitios distintos. El fragmento da la distancia, pero no la dirección.

03805 Bahía Blanca / Punta Alta

Leer el estrato

Los res­tos de Punta Alta es­ta­ban se­pul­ta­dos en grava es­tra­ti­fi­cada y cieno ro­jizo exac­ta­mente igual al que el mar podía acu­mu­lar en un banco so­mero. Con ellos había 23 es­pe­cies de con­chas, de las que 13 son re­cien­tes y otras cua­tro están ín­ti­ma­mente re­la­cio­na­das con las for­mas re­cien­tes. Sin em­bargo, como las es­pe­cies mo­der­nas es­ta­ban en­cas­tra­das en nú­mero casi pro­por­cio­nal a los que ahora viven en la bahía, creo que ape­nas cabe dudar que esta acu­mu­la­ción per­te­nece a una época del pe­rí­odo ter­cia­rio, muy re­ciente.

EDCapas y conchas: «23 especies de conchas». Un punto por especie; el orden de las capas es supuesto. Esquemas sin escala.

03905 Bahía Blanca / Punta Alta

La posición de los huesos

De la cir­cuns­tan­cia de ha­llarse en­te­rra­dos en sus re­la­ti­vas po­si­cio­nes pro­pias los hue­sos del Scelidotherium, in­cluso la ró­tula, y del hecho de estar bien con­ser­vado el ca­pa­ra­zón óseo del ani­mal, pa­re­cido al del ar­ma­di­llo grande, po­de­mos con­cluir con se­gu­ri­dad que estos res­tos es­ta­ban fres­cos y uni­dos por sus li­ga­men­tos cuando fue­ron de­po­si­ta­dos en la grava junto con las con­chas.

EDLo que nombra el fragmento: huesos en su posición, rótula y caparazón, dentro de la grava con conchas. Esquema sin escala; las formas son convencionales.

04005 Bahía Blanca / Punta Alta

Inferir el tiempo

De aquí po­de­mos in­fe­rir con bas­tante fun­da­mento que los gi­gan­tes­cos cua­drú­pe­dos arriba enu­me­ra­dos, más di­fe­ren­tes de los ac­tua­les que los cua­drú­pe­dos ter­cia­rios de Europa de mayor an­ti­güe­dad, vi­vie­ron cuando el mar es­taba po­blado por la mayor parte de los ha­bi­tan­tes que hoy tiene, y te­ne­mos una con­fir­ma­ción de la no­ta­ble ley en que tan­tas veces ha in­sis­tido Mr. Lyell, o sea que «la lon­ge­vi­dad de las es­pe­cies en los ma­mí­fe­ros es, en ge­ne­ral, in­fe­rior a la de los tes­tá­ceos» (1).

D(1) Principles of Geology, vol. IV, pág. 40.

EDLa ley de Lyell que cita Darwin, en un esquema. Es una interpretación geológica de su época, con los términos de la edición de 1921: no es una datación moderna. Sin escala.

04105 Bahía Blanca / Punta Alta

Reconstruir el animal

D(2) Esta teoría se desenvolvió por primera vez en la Zoology of the Voyage of the «Beagle», y posteriormente en la Memoir on Mylodon robustus, del profesor Owen.

EDLa explicación es del profesor Owen, tal como la resume Darwin.

El enorme ta­maño de los hue­sos de los ani­ma­les me­ga­te­roi­deos, in­clu­yendo el Megatherium, Megalonyx, Scelidotherium y Mylodon, es ver­da­de­ra­mente asom­broso. Los há­bi­tos de vida de estos ani­ma­les era un com­pleto enigma para los na­tu­ra­lis­tas, hasta que el pro­fe­sor Owen (2) re­sol­vió el pro­blema con no­ta­ble in­ge­nio. Los dien­tes in­di­can por su sim­ple es­truc­tura que estos ani­ma­les me­ga­te­roi­deos se ali­men­ta­ban de subs­tan­cias ve­ge­ta­les, y pro­ba­ble­mente de las hojas y ra­mi­tas de los ár­bo­les; sus po­de­ro­sas for­mas y gran­des ga­rras cur­vas pa­re­cen tan poco apro­pia­das para la lo­co­mo­ción, que al­gu­nos emi­nen­tes na­tu­ra­lis­tas han cre­ído que, como los pe­re­zo­sos, con los que se re­la­cio­nan ín­ti­ma­mente, vi­vían col­ga­dos de las ramas, boca abajo y co­miendo las hojas. Sin em­bargo, es una idea atre­vida, por no decir ab­surda, la de su­po­ner ár­bo­les, aun­que sean an­te­di­lu­via­nos, con ramas bas­tante fuer­tes para sos­te­ner ani­ma­les tan cor­pu­len­tos como ele­fan­tes. El pro­fe­sor Owen, con mucha mayor pro­ba­bi­li­dad, cree que en vez de tre­par a los ár­bo­les do­bla­ban hacia abajo las ramas y arran­ca­ban las más dé­bi­les, ali­men­tán­dose asi de las hojas. La an­chura des­me­su­rada y peso enorme de sus cuar­tos tra­se­ros, que ape­nas puede ima­gi­narse sin ha­berlo visto, re­sul­tan úti­les, según este modo de ver, en vez de ser un es­torbo; su apa­rente mons­truo­si­dad de­sa­pa­rece. Con sus gran­des colas y enor­mes pies fir­me­mente asen­ta­dos en tie­rra, como un trí­pode, po­dían de­sa­rro­llar li­bre­mente toda la fuerza de sus po­ten­tí­si­mos bra­zos y gran­des uñas.

04205 Bahía Blanca / Punta Alta

Del hueso al paisaje

¿Cuál fué—cabe preguntar—el carácter de la vegetación en ese período?

¿Era el te­rreno tan in­grato como lo es ahora? En vista de que entre las con­chas se­pul­ta­das en el mismo lugar había tan­tas idén­ti­cas a las que ahora viven en la bahía, me sentí in­cli­nado en un prin­ci­pio a creer que la pri­mi­tiva ve­ge­ta­ción era pro­ba­ble­mente pa­re­cida a la exis­tente; pero esto hu­biera sido una de­duc­ción erró­nea, por­que al­guna de esas mis­mas con­chas viven en la costa fér­ti­lí­sima del Brasil, y ge­ne­ral­mente el ca­rác­ter de los seres que pue­blan el mar es un guía inú­til para juz­gar de los que viven en tie­rra. Sin em­bargo, por las con­si­de­ra­cio­nes que si­guen, no creo que el sim­ple hecho de haber vi­vido mu­chos cua­drú­pe­dos gi­gan­tes­cos en los lla­nos de al­re­de­dor de Bahía Blanca sea guía se­gura para afir­mar que en época re­mota es­tu­vie­ron cu­bier­tos de una ve­ge­ta­ción exu­be­rante […]

EDDarwin deja la pregunta abierta: las conchas del mar no alcanzan para saber cómo era la tierra.

04305 Bahía Blanca / Punta Alta

06 8–10 sep. 1833

Sierra de
la Ventana

8 de sep­tiem­bre.—Contraté un gau­cho para que me acom­pa­ñara en mi viaje a ca­ba­llo a Buenos Aires, aun­que con al­guna di­fi­cul­tad, pues el padre del que quise ajus­tar pri­mero no se atre­vió a de­jarle ir, y ha­biendo bus­cado otro que pa­re­cía que­rer ha­cerlo de buen grado me lo pin­ta­ron tan tí­mido, que no me re­solví a to­marle, por­que me di­je­ron que si lle­gaba a di­vi­sar un aves­truz a lo lejos le to­ma­ría por un indio y es­ca­pa­ría como alma que lleva el dia­blo. La dis­tan­cia a Buenos Aires es de unos 600 ki­ló­me­tros, y casi todo el ca­mino por país de­sierto. Salimos por la ma­ñana muy tem­prano, y, su­biendo a cosa de 100 me­tros desde la hon­do­nada cu­bierta de cés­ped en que se alza Bahía Blanca, en­tra­mos en una ex­tensa lla­nura de­so­lada. […] Después de un pro­lon­gado ga­lope y de haber mu­dado de ca­ba­llos dos veces lle­ga­mos al río Sauce; es una pro­funda, rá­pida y pe­queña co­rriente, de unos siete me­tros de ancha. En sus már­ge­nes se halla ins­ta­lada la se­gunda posta del ca­mino de Buenos Aires; un poco más arriba hay un vado para ca­ba­llos, donde el agua no les llega al vien­tre; pero desde ese punto, en toda la lon­gi­tud de su curso hasta el mar, no es va­de­a­ble de nin­gún modo, y de ahí que forme una úti­lí­sima ba­rrera con­tra los in­dios.

EDEl primer día, en el orden del fragmento. Esquema sin escala.

04406 Sierra de la Ventana

Aproximarse

Como era poco des­pués de me­dio­día cuando lle­ga­mos, to­ma­mos ca­ba­llos de re­fresco, y con un sol­dado por guía lle­ga­mos a la Sierra de la Ventana (1). Esta mon­taña es vi­si­ble desde el fon­de­a­dero de Bahía Blanca, y el ca­pi­tán Fitz Roy cal­cula su al­tura en 1.000 me­tros, ele­va­ción muy no­ta­ble en esta parte orien­tal del con­ti­nente. No tengo no­ti­cia de que nin­gún ex­tran­jero, antes de mi vi­sita, haya su­bido a esta sie­rra, y re­al­mente muy pocos de los sol­da­dos de Bahía Blanca sa­bían algo de ella. Oí ha­blar de ya­ci­mien­tos de car­bón, oro y plata, de cue­vas y bos­ques, todo lo cual so­bre­ex­citó mi cu­rio­si­dad, sólo para lle­var un de­sen­gaño. La dis­tan­cia desde la posta era de unas seis le­guas, sobre una lla­nura uni­forme del mismo ca­rác­ter que antes. La ca­bal­gada no dejó de ofre­cer in­te­rés, sobre todo desde que la mon­taña em­pezó a mos­trar su ver­da­dera forma. Cuando lle­ga­mos al pie del ma­cizo prin­ci­pal tro­pe­za­mos con gran­des di­fi­cul­ta­des para ha­llar agua, y cre­í­a­mos tener que pasar la noche sin ella. Al fin des­cu­bri­mos al­guna exa­mi­nando de cerca la mon­taña, pues a la dis­tan­cia de unos cen­te­na­res de me­tros los arro­yue­los no se veían por estar se­pul­ta­dos y per­derse en­te­ra­mente en las de­lez­na­bles ca­li­zas y suel­tos de­tri­tus. No creo que la Naturaleza haya pro­du­cido jamás una acu­mu­la­ción tan de­so­lada y so­li­ta­ria de rocas: con razón se le ha dado el nom­bre de Hurtado, o apar­tada. La mon­taña es muy em­pi­nada, es­ca­brosa y llena de ba­rran­cos, y tan en­te­ra­mente des­pro­vista de ár­bo­les y ar­bus­tos, que nos fué im­po­si­ble pro­cu­rar­nos un palo agu­zado para sos­te­ner la carne sobre el fuego, hecho con ta­llos y cañas de car­dos (2).

E(1) Esta sierra tiene de altura máxima 1.060 metros.

D(2) Llamo a éstos cardos por parecerme el nombre más correcto. Creo que es una especie de Eryngium (*).

E(*) Los cardos del género Eryngium, abundantísimos en España son llamados cardo cuco o cardo corredor.

EDLas medidas de esta página

1.000 m
altura que calcula Fitz Roy
1.060 m
altura máxima según la nota de la edición
6 leguas
de la posta a la sierra
04506 Sierra de la Ventana

Acampar al pie

El rocío, que du­rante la pri­mera parte de la noche hu­me­de­ció las mon­tu­ras mien­tras dor­mía abri­gado con ellas, se heló al venir la ma­ñana. Aunque la lla­nura pa­re­cía con­ti­nuar siendo per­fec­ta­mente ho­ri­zon­tal se había ele­vado in­sen­si­ble­mente a una al­tura de 250 a 300 me­tros sobre el nivel del mar.

EDLa altura que da el fragmento. Perfil sin escala: la pendiente está exagerada para que se vea.

04606 Sierra de la Ventana

9 de septiembre

Ascender

A la ma­ñana si­guiente (9 de sep­tiem­bre) el guía me in­vitó a subir al ma­cizo más pró­ximo, que, según él se fi­gu­raba, había de con­du­cirme a los cua­tro picos que co­ro­nan la cima. La ope­ra­ción de tre­par por rocas tan es­car­pa­das fué fa­ti­go­sí­sima; las la­de­ras pre­sen­ta­ban tales de­si­gual­da­des que el te­rreno ga­nado en cinco mi­nu­tos se per­día en los si­guien­tes. Al fin, cuando lle­gué a la cum­bre de la mon­taña mi de­sen­canto fué ex­tremo al ha­llar un valle de la­de­ras es­pi­na­das tan hondo como la lla­nura, el cual cor­taba la ca­dena trans­ver­sal­mente en dos y me se­pa­raba de las cua­tro pun­tas.

EDLo que encontró al llegar arriba. Corte esquemático, sin escala: no es un perfil real de la sierra.

04706 Sierra de la Ventana

Hasta donde pudo llegar

A eso de las dos lle­gué a la cima del se­gundo pico, pero con ex­trema di­fi­cul­tad; a cada veinte me­tros me daban ca­lam­bres en la parte su­pe­rior de ambos mus­los, de modo que temí no poder bajar de nuevo. Además, era ne­ce­sa­rio vol­ver por otro ca­mino, pues no había que pen­sar en hacer la tra­ve­sía del pro­fundo va­llado. Vime, pues, obli­gado a pres­cin­dir de los dos picos más altos. Su al­tura no era mas que un poco mayor, y nada nuevo podía ha­llar en punto a ge­o­lo­gía. Por tanto, no había mo­tivo a aven­tu­rarse en ul­te­rio­res es­fuer­zos. Presumo que la causa del ca­lam­bre fué el gran cam­bio de la ac­ción mus­cu­lar desde el vio­lento ejer­ci­cio de un rudo ga­lope al más vio­lento aún de tre­par. Es una lec­ción digna de te­nerse pre­sente, ya que en de­ter­mi­na­dos casos po­dría oca­sio­nar gra­ves con­tra­tiem­pos.

Ya he dicho que la mon­taña se com­pone de una roca de cuarzo blanco en aso­cia­cio­nes de pe­que­ñas pi­za­rras lus­tro­sas. A la al­tura de al­gu­nos cen­te­na­res de pies sobre la lla­nura se veían vetas de con­glo­me­rado ad­he­ri­das en va­rios si­tios a la roca só­lida.

EDEl punto alcanzado, por debajo de las cumbres mayores. Esquema sin escala; el orden de los picos es supuesto.

EDLas rocas que nombra el fragmento

  1. 1Roca de cuarzo blanco
  2. 2Pequeñas pizarras lustrosas
  3. 3Vetas de conglomerado
04806 Sierra de la Ventana

Mirar y regresar

Quedé, en de­fi­ni­tiva, de­sen­can­tado con esta as­cen­sión. Hasta el pa­no­rama era in­sig­ni­fi­cante: una lla­nura como el mar, pero sin su bello color y con­tor­nos de­fi­ni­dos. Sin em­bargo, para mi fué un es­pec­tá­culo nuevo, y con un poco de pe­li­gro para darle sa­bor­cete, como la sal a la carne. De que ese pe­li­gro era muy es­caso no había duda, pues mis dos com­pa­ñe­ros hi­cie­ron una buena ho­guera, cosa en que jamás se piensa si se sos­pe­cha que los in­dios están pró­xi­mos. Llegué al sitio en que ha­bí­a­mos de vi­va­quear al po­nerse el Sol, y luego de beber mate y fumar va­rios ci­ga­rri­llos (1) me pre­paré la cama para pasar la noche. El viento era muy fuerte y frío, pero nunca dormí más a gusto.

10 de sep­tiem­bre.—Por la ma­ñana, tras una buena co­rrida viento en popa, lle­ga­mos al me­dio­día a la posta del Sauce. En el ca­mino vi gran nú­mero de cier­vos, y cerca de la mon­taña un gua­naco.

E(1) Cigaritos en el original.

EDEl regreso, con los datos del fragmento. Esquema sin escala.

04906 Sierra de la Ventana

07 11–19 sep. 1833

Travesía de
las Pampas

11 de sep­tiem­bre.—Hemos em­pren­dido el ca­mino para la ter­cera posta en com­pa­ñía del te­niente que la man­daba. Dijeron que la dis­tan­cia era de 15 le­guas, pero es sólo a ojo y ge­ne­ral­mente exa­ge­rada. El ca­mino ca­re­ció de in­te­rés y cruzó una lla­nura seca y her­bosa; a nues­tra iz­quierda, a mayor o menor dis­tan­cia, había al­gu­nos ce­rros de poca al­tura, y pa­sa­dos éstos nos en­con­tra­mos muy cerca de la posta. Antes de nues­tra lle­gada tro­pe­za­mos con un gran re­baño de vacas y ca­ba­llos guar­dado por 15 sol­da­dos, pero nos di­je­ron que se ha­bían per­dido mu­chos.

EDPostas y fechas que nombra el diario del 10 al 19 de septiembre (páginas 049–057). Los puntos llenos son postas. Línea sin escala.

05007 Travesía de las Pampas

12–13 de septiembre

Habitar el camino

Por la noche, mien­tras es­ta­ban sen­ta­dos al­re­de­dor de la ho­guera ju­gando a la ba­raja, me re­tiré a un lado para con­tem­plar aque­lla es­cena, digna de Salvator Rosa. Como se ha­bían puesto al pie de una loma, pude mi­rar­los a mi gusto desde en­cima; en torno de los ju­ga­do­res ya­cían ten­di­dos los pe­rros, y cerca de éstos las armas, junto a res­tos de ciervo y aves­truz es­par­ci­dos por di­ver­sas par­tes, mien­tras a dis­tan­cia un poco mayor se er­guían las lar­gas picas de los ji­ne­tes cla­va­das en el cés­ped. Más allá, en el fondo obs­curo, es­ta­ban ata­dos los ca­ba­llos, dis­pues­tos para cual­quier pe­li­gro sú­bito. Cuando el la­drar de uno de los pe­rros in­te­rrum­pía la quie­tud so­lemne de la de­so­lada lla­nura, uno de los sol­da­dos de­jaba la ho­guera y, apli­cando su ca­beza al suelo, es­cu­dri­ñaba con aten­ción el ho­ri­zonte.

EDLa escena en el orden en que la describe Darwin, de la hoguera hacia afuera. Esquema sin escala.

05107 Travesía de las Pampas

Entrar en la Pampa húmeda

14 de sep­tiem­bre.—En vista de que los sol­da­dos per­te­ne­cien­tes a la posta in­me­diata pen­sa­ban re­gre­sar, y de que for­má­ba­mos una par­tida de cinco, y todos ar­ma­dos, re­solví no aguar­dar a las tro­pas que se es­pe­ra­ban. Mi pa­trón de hos­pe­daje, el te­niente del puesto, me instó a de­te­nerme. Yo le es­taba obli­ga­dí­simo, no sólo por ha­berme dado de comer, sino tam­bién por ha­berme pres­tado sus pro­pios ca­ba­llos; y, por tanto, que­ría co­rres­pon­derle con al­guna re­mu­ne­ra­ción. Pregunté a mi guía si es­ta­ría bien que lo hi­ciera, pero me res­pon­dió que no, aña­diendo que pro­ba­ble­mente mi oferta sería re­cha­zada con estas pa­la­bras: «En nues­tro país te­ne­mos carne para los pe­rros, y por con­si­guiente no se la re­ga­te­a­mos a nin­gún cris­tiano.» No debe su­po­nerse que la ca­te­go­ría de te­niente en un ejér­cito de tal ín­dole fuera causa de ne­garse a acep­tar el pago; lo hu­biera hecho así mo­vido sólo por un sen­ti­miento de ge­ne­rosa hos­pi­ta­li­dad, que todo via­jero ha de re­co­no­cer en todas estas pro­vin­cias, donde dicho sen­ti­miento se halla ex­ten­dido uni­ver­sal­mente. Después de ga­lo­par al­gu­nas le­guas lle­ga­mos a una re­gión baja y pan­ta­nosa, que se ex­tiende, pró­xi­ma­mente unos 128 ki­ló­me­tros hacía el Norte, hasta la Sierra Tapalguen. En al­gu­nas par­tes hay her­mo­sas lla­nu­ras hú­me­das, cu­bier­tas de hierba, mien­tras otras tie­nen un suelo negro y tur­boso.

EDLa región que empieza aquí, con los datos del fragmento. Esquema sin escala.

05207 Travesía de las Pampas

Fuego y lago

15 de sep­tiem­bre.—Madrugamos mucho al día si­guiente, y poco des­pués pa­sa­mos por la posta donde los in­dios ha­bían ase­si­nado a cinco sol­da­dos. El ofi­cial tenía en su cuerpo 18 he­ri­das de chuzo. Hacia el me­dio­día, tras un vio­lento ga­lope, lle­ga­mos a la quinta posta, y a causa de cierta di­fi­cul­tad en pro­cu­rar­nos ca­ba­llos nos de­tu­vi­mos allí toda la noche. Como este punto era el más ex­puesto de toda la línea, había es­ta­cio­na­dos allí 21 sol­da­dos; al po­nerse el Sol vol­vie­ron de cazar, tra­yendo con­sigo tres aves­tru­ces, siete cier­vos y mu­chos ar­ma­di­llos y per­di­ces. Cuando se ca­balga por el país hay cos­tum­bre de hacer ho­gue­ras en la lla­nura, y de ahí que du­rante la noche, como en esta oca­sión, se pre­sente el ho­ri­zonte ilu­mi­nado por bri­llan­tes con­fla­gra­cio­nes en mu­chos lu­ga­res.

EDLos números del fragmento

18
heridas de chuzo en el cuerpo del oficial
21
soldados en la quinta posta
3 y 7
avestruces y ciervos de la caza del día
05307 Travesía de las Pampas

La granizada

16 de sep­tiem­bre.—Hemos ca­mi­nado hasta la sép­tima posta al pie de la Sierra Tapalguen. La co­marca era casi per­fec­ta­mente ho­ri­zon­tal, con una hierba tosca y un suelo blando y tur­boso. La choza o ran­cho de este puesto se dis­tin­guía por su pul­cri­tud, pues su ar­ma­zón de pos­tes y tra­vie­sas se com­po­nía de haces de caña y ta­llos, pro­ce­den­tes, como en otros casos, de los car­dos, los cua­les es­ta­ban ata­dos con tiras de cuero. El so­porte de esta es­pe­cie de co­lum­nas jó­ni­cas y el techo y las pa­re­des se ha­lla­ban for­ma­dos por zar­zos tam­bién de cañas.

Se nos re­fi­rió un su­ceso al que no hu­biera dado cré­dito a no haber te­nido en parte prue­bas ocu­la­res del mismo, y fué que du­rante la noche an­te­rior ha­bían caído pie­dras tan gran­des como man­za­nas pe­que­ñas y ex­tre­ma­da­mente duras, ma­tando gran nú­mero de ani­ma­les sal­va­jes. Uno de los hom­bres había en­con­trado muer­tos y ten­di­dos en tie­rra 13 cier­vos (Cervus cam­pes­tris), y yo mismo vi sus pie­les, fres­cas aún; otro de los sol­da­dos del des­ta­ca­mento, a los pocos mi­nu­tos de mi lle­gada, trajo siete más. Ahora bien: estoy cierto de que un hom­bre sin pe­rros di­fí­cil­mente po­dría matar siete cier­vos en una se­mana. Los demás in­di­vi­duos de la posta ase­gu­ra­ron que ha­bían visto unos 15 aves­tru­ces muer­tos (y de ellos co­mi­mos uno en parte), aña­diendo que otros va­rios co­rrían con evi­den­tes se­ña­les de estar tuer­tos. El pe­drisco mató ade­más mu­chas aves más pe­que­ñas, como patos, hal­co­nes y per­di­ces. Vi una de éstas con una señal amo­ra­tada en el lomo, como si le hu­bie­ran dado una pe­drada con un gui­ja­rro gordo.

EDLo que dejó el pedrisco, según el fragmento. Un punto por animal.

05407 Travesía de las Pampas

Sierra Tapalguen y El Corral

Después de ter­mi­nar nues­tra co­mida, que se pre­paró con carne de ani­ma­les muer­tos por el pe­drisco, cru­za­mos la Sierra Tapalguen, una pe­queña ca­dena de co­li­nas de unos cien me­tros de al­tura, que co­mienza en Cabo Corrientes. La roca en esta parte es cuarzo puro; más al Este tengo en­ten­dido que es gra­ní­tica. Las mon­ta­ñas pre­sen­tan una forma sin­gu­lar: se com­po­nen de pe­que­ñas me­se­tas ro­de­a­das de pa­re­do­nes per­pen­di­cu­la­res que pa­re­cen ser es­tra­tos sa­lien­tes de un de­pó­sito se­di­men­ta­rio. La emi­nen­cia a que subí era muy pe­queña, pues su diá­me­tro no pa­saba de 200 me­tros, pero vi otras ma­yo­res. Una, lla­mada El Corral, tiene, según dicen, de tres a cinco ki­ló­me­tros de diá­me­tro y está ro­de­ada de can­ti­les per­pen­di­cu­la­res, cuya al­tura es de nueve a 12 me­tros, ex­cepto en un sitio donde se halla la en­trada. […]

17 de sep­tiem­bre.—Seguimos el curso del río Tapalguen, a tra­vés de una cam­piña fér­ti­lí­sima, hasta la no­vena posta. El po­blado de Tapalguen lo for­man un con­junto de tol­dos o cho­zas in­dias en fi­gura de horno, di­se­mi­na­das en una lla­nura per­fec­ta­mente ho­ri­zon­tal, hasta donde puede al­can­zar la vista.

EDEl Corral y la eminencia a la que subió Darwin, vistos desde arriba y a una misma escala (se toman 4 km para El Corral). La forma circular es supuesta: el fragmento solo da diámetros.

05507 Travesía de las Pampas

Cruzar el Salado

18 de sep­tiem­bre.—En este día hi­ci­mos una lar­guí­sima ca­mi­nata a ca­ba­llo. En la duo­dé­cima posta, siete le­guas al sur del río Salado, lle­ga­mos a la pri­mera es­tan­cia, donde había ga­nado mayor y mu­je­res blan­cas. Posteriormente tu­vi­mos que ca­bal­gar mu­chos ki­ló­me­tros por un te­rreno inun­dado, en que el agua les lle­gaba a los ca­ba­llos a las ro­di­llas. Cruzando los es­tri­bos y mon­tando a es­tilo árabe, con las pier­nas do­bla­das y re­co­gi­das, lo­gra­mos con­ser­var­nos sin im­por­tan­tes mo­ja­du­ras. Era ya casi de noche cuando lle­ga­mos al Salado; la co­rriente era pro­funda y tenía unos 40 me­tros de ancha; en ve­rano, sin em­bargo, el cauce queda poco menos que seco, y la es­casa agua res­tante es tan sa­lada como la del mar. Dormimos en una de las gran­des es­tan­cias del ge­ne­ral Rosas.

EDLas medidas del fragmento

7 leguas
de la duodécima posta al río
40 m
de ancho, con corriente profunda

EDLa franja azul es el Salado: un hito del recorrido y un cambio de paisaje, no una frontera actual. Sin escala.

Río Salado

05607 Travesía de las Pampas

Un paisaje transformado

19 de sep­tiem­bre.—Hemos de­jado atrás Guardia del Monte, linda po­bla­ción de ca­se­río dis­perso, con nu­me­ro­sos jar­di­nes lle­nos de me­lo­co­to­ne­ros y mem­bri­lle­ros. La lla­nura aquí se pa­re­cía a la que rodea a Buenos Aires, ta­pi­zada de me­nudo cés­ped con ro­da­les de tré­bol y car­dos y ma­dri­gue­ras de viz­ca­chas. Sorprendióme mucho el no­ta­ble cam­bio que pre­sen­taba el as­pecto del país des­pués de cru­zar el Salado. De una hierba basta se pasa a una al­fom­bra de her­moso ver­dor. En un prin­ci­pio lo atri­buía al cam­bio de la na­tu­ra­leza del suelo, pero los ha­bi­tan­tes me ase­gu­ra­ron que aquí […] la causa de tal di­fe­ren­cia es­taba en el abono y pas­to­reo del ga­nado. Exactamente el mismo hecho ha sido ob­ser­vado en las pra­de­ras (1) de Norteamérica, donde la hierba loca, de metro y medio a dos me­tros de alta, des­pués de pas­tada por el ga­nado se con­vierte en el país de los gran­des pas­tos. No poseo bas­tan­tes co­no­ci­mien­tos en Botánica para decir si el cam­bio de esta re­gión se debe a la in­tro­duc­ción de nue­vas es­pe­cies, al cre­ci­miento al­te­rado de una misma o a la di­fe­ren­cia en la pro­por­ción de unas y otras. Azara ha ob­ser­vado tam­bién con asom­bro este cam­bio, mos­trán­dose per­plejo ante la re­pen­tina apa­ri­ción de plan­tas que no se ha­llan en los al­re­de­do­res ni en las lin­des de las rutas que con­du­cen a cual­quier ran­cho re­cién cons­truido. En otro lugar dice (1): «Esos ca­ba­llos sal­va­jes tie­nen la manía de pre­fe­rir los ca­mi­nos y el borde de las rutas para de­po­si­tar sus ex­cre­men­tos, de los que se en­cuen­tran mon­to­nes en esos lu­ga­res.» ¿No ex­plica esto en parte la cir­cuns­tan­cia apun­tada?

D(1) Véase la relación de Mr. Atwater acerca de las Praderas en el N. A. Journal, de Silliman, vol. I, pág. 117.

D(1) Azara, Viaje, vol. I, pág. 373.

EDLas dos llamadas llevan el número (1) porque en la edición de 1921 caen en páginas distintas.

EDEl razonamiento, paso a paso

  1. 1Observa: después del Salado, el pasto cambia
  2. 2Supone: será otro suelo
  3. 3Consulta: le dicen que es el ganado
  4. 4Duda: no sabe cómo cambia la vegetación
05707 Travesía de las Pampas

08 20 sep. 1833

Buenos Aires I

20 de sep­tiem­bre.—Llegamos a Buenos Aires a eso del me­dio­día. Las afue­ras de la ciu­dad pre­sen­ta­ban un as­pecto lin­dí­simo, mer­ced a los setos de pita y bos­ques de oli­vos, al­bér­chi­gos y sau­ces, todos em­pe­zando a echar fo­llaje nuevo.

EDDe las afueras a la cuadrícula, que sigue en la página de al lado. Esquema sin escala; no es un plano de la ciudad.

05808 Buenos Aires I

La ciudad como cuadrícula

La ciu­dad de Buenos Aires es grande (1), y a mi jui­cio una de las de tra­zado más re­gu­lar que hay en el mundo. Todas las ca­lles se cor­tan en án­gulo recto, y las pa­ra­le­las equi­dis­tan unas de otras, es­tando las casas reu­ni­das en blo­ques cua­dra­dos de idén­ti­cas di­men­sio­nes, lla­ma­dos cua­dras.

D(1) Dícese que contiene 60.000 habitantes (*). […]

E(*) Buenos Aires tiene hoy —ochenta y ocho años después de la visita de Darwin— 1.794.170 habitantes.

EDAbajo, la cuadrícula que describe el fragmento. Esquema sin escala; no es un plano de la ciudad.

05908 Buenos Aires I

De la cuadra a la casa

Además, las casas son pa­ra­le­le­pí­pe­dos hue­cos, de modo que todas las ha­bi­ta­cio­nes dan a un pul­cro patio. Generalmente sólo tie­nen un piso, cu­bierto por un techo plano o azo­tea, pro­vista de asien­tos, lugar muy fre­cuen­tado de los ha­bi­tan­tes en ve­rano.

EDDe la ciudad a la azotea, con las palabras de Darwin (páginas 059 y 060). Esquemas sin escala; la división de la cuadra y de la casa es supuesta.

06008 Buenos Aires I

La plaza y el conjunto

En el cen­tro de la ciu­dad está la plaza, donde se le­van­tan los edi­fi­cios pú­bli­cos, la for­ta­leza, ca­te­dral, etc. También aquí te­nían sus pa­la­cios los an­ti­guos vi­rre­yes antes de la re­vo­lu­ción. El con­junto ge­ne­ral de edi­fi­cios posee una gran be­lleza ar­qui­tec­tó­nica, aun­que nin­guno de ellos so­bre­salga en este par­ti­cu­lar.

El gran co­rral, donde se en­cie­rran las reses des­ti­na­das al su­mi­nis­tro de carne a la po­bla­ción, ofrece uno de los es­pec­tá­cu­los más dig­nos de ser con­tem­pla­dos. La fuerza del ca­ba­llo, com­pa­rada con la del toro, causa ver­da­dero asom­bro; un ji­nete que haya echado el lazo a las astas de una res puede arras­trarla donde quiera. El ani­mal, abriendo sur­cos en la tie­rra con las patas ten­di­das, se es­fuerza en vano por re­sis­tir al tiro del ca­ba­llo; ge­ne­ral­mente, la víc­tima se lanza a toda ve­lo­ci­dad por un lado; pero el ca­ba­llo se vuelve al punto para re­ci­bir el cho­que, y per­ma­nece tan firme que el toro casi cae a tie­rra, siendo ex­traño que no se rompa el cue­llo. La lucha, sin em­bargo, no es de mera fuerza, por­que es el cue­llo en­tero del ca­ba­llo el que con­tiende con el cue­llo tenso del toro. De un modo aná­logo, un hom­bre a pie po­dría do­mi­nar un ca­ba­llo sal­vaje si le co­giera con el lazo pre­ci­sa­mente de­trás de las ore­jas.

EDUn vacío en el centro, en la casa y en la ciudad. Esquema sin escala; no es un plano.

06108 Buenos Aires I

09 27–30 sep. 1833

Camino al Paraná
Rosario

27 de sep­tiem­bre.—Por la tarde salí de ex­cur­sión para Santa Fe, ciu­dad si­tuada en las ri­be­ras del Paraná, a unos 480 ki­ló­me­tros de Buenos Aires. Los ca­mi­nos en las cer­ca­nías de la ciu­dad es­ta­ban pé­si­mos a con­se­cuen­cia de las llu­vias. Nunca hu­biera cre­ído po­si­ble que una ca­rreta de bue­yes pu­diera andar por ellos; pero de todas suer­tes ape­nas avanzó a razón de ki­ló­me­tro y medio por hora, te­niendo que ir un hom­bre de­lante para bus­car la línea más tran­si­ta­ble. Los bue­yes se fa­ti­ga­ban lo que no es de­ci­ble, y es un error creer que es­tando bue­nos los ca­mi­nos, si se mar­cha a buen paso, los ani­ma­les han de can­sarse en la misma pro­por­ción. Nos en­con­tra­mos con un tren de ca­rre­tas y una recua de bes­tias que iba hacia Mendoza. La dis­tan­cia es de unas 580 mi­llas ge­o­grá­fi­cas y el viaje se hace de or­di­na­rio en cin­cuenta días. Estas ca­rre­tas son muy lar­gas, es­tre­chas y pro­vis­tas de tol­dos de caña; tie­nen sólo dos rue­das, cuyo diá­me­tro en al­gu­nos casos llega a tres me­tros. Cada una de ellas va ti­rada por seis bue­yes, a los que se hos­tiga con una agui­jada de seis me­tros de larga por lo menos. La lle­van col­gada del toldo por la parte in­te­rior, y con ella y un vás­tago que sale en án­gulo recto hacia la mitad de su lon­gi­tud el con­duc­tor aviva la pa­reja de­lan­tera y la in­ter­me­dia; para la que mar­cha un­cida in­me­dia­ta­mente al carro se vale de otra agui­jada más pe­queña. Todo el apa­rato se­me­jaba una má­quina de gue­rra.

EDLas medidas del fragmento

480 km
de Buenos Aires a Santa Fe
1,5 km/h
la carreta en el barro
50 días
el viaje a Mendoza, 580 millas
3 m
diámetro de las ruedas, «en algunos casos»
6
bueyes por carreta
6 m
largo de la aguijada, «por lo menos»
06209 Camino al Paraná / Rosario

Luján, Areco y cardales

28 de sep­tiem­bre.—Hemos de­jado atrás la pe­queña ciu­dad de Luján, donde hay un puente de ma­dera sobre el río, cosa rara en este país. También hemos pa­sado por Areco. Las lla­nu­ras pa­re­cían ho­ri­zon­ta­les, esto es, a per­fecto nivel; pero no era así en re­a­li­dad, por­que en mu­chos si­tios el ho­ri­zonte es­taba dis­tante. Aquí hay gran­des ex­ten­sio­nes aban­do­na­das entre es­tan­cia y es­tan­cia, pues los bue­nos pas­tos es­ca­sean a causa de estar la tie­rra cu­bierta de ma­ci­zos de tré­bol acre y car­dos gi­gan­tes. Estos, bien co­no­ci­dos por la pin­to­resca des­crip­ción que de ellos hace sir F. Head, no ha­bían al­can­zado en esta época del año mas que las dos ter­ce­ras par­tes de su al­tura; en cier­tos si­tios po­dían ocul­tar un ca­ba­llo, pero en otros no ha­bían bro­tado aún, y la tie­rra es­taba tan des­nuda y pol­vo­rienta como la su­per­fi­cie de un ca­mino de gran trán­sito. Las masas eran de un verde vi­ví­simo y se­me­ja­ban un bos­que en mi­nia­tura en gran­des es­pa­cios des­cam­pa­dos.

06309 Camino al Paraná / Rosario

Registro de campo

Vizcacha

Cerca de Buenos Aires estos ani­ma­les son ex­ce­si­va­mente co­mu­nes. Su re­fu­gio pre­di­lecto pa­re­cen ser aque­llas par­tes de la lla­nura que du­rante una mitad del año están cu­bier­tas de car­dos gi­gan­tes, con ex­clu­sión de otras plan­tas. Los gau­chos afir­man que vive de ra­í­ces, y este aserto pa­rece pro­ba­ble si se atiende a la ro­bus­tez de sus in­ci­si­vos y a la clase de lu­ga­res que fre­cuenta. […] La viz­ca­cha tiene la sin­gu­lar cos­tum­bre de lle­var a la boca de su ma­dri­guera todos los ob­je­tos duros que halla; en torno de cada una de estas ma­dri­gue­ras se ven reu­ni­dos en mon­tón in­forme nu­me­ro­sos hue­sos de reses, pie­dras, ta­llos de car­dos, te­rro­nes de tie­rra en­du­re­cida, fango seco, etc., en can­ti­dad su­fi­ciente para lle­nar una ca­rre­ti­lla. Me con­ta­ron, y tiene visos de ver­dad, que ha­bién­do­sele per­dido el reloj a un señor mien­tras pa­saba a ca­ba­llo por un sitio abun­dante en viz­ca­chas, vol­vió a la ma­ñana si­guiente, y re­gis­trando los mon­to­nes de las viz­ca­che­ras pró­xi­mas al ca­mino lo halló, como es­pe­raba. Este há­bito de re­co­ger todo lo que haya cerca de su gua­rida debe im­po­nerle a este ro­e­dor un gran tra­bajo. Para ex­pli­car con qué fin se haga no tengo ni la más re­mota con­je­tura […]

EDLo que hay en el montón, según el fragmento

  1. 1Huesos de reses
  2. 2Piedras
  3. 3Tallos de cardos
  4. 4Terrones de tierra endurecida
  5. 5Fango seco
06409 Camino al Paraná / Rosario

Arrecife y primera visión del Paraná

Por la tarde cru­za­mos el río Arrecife en una sen­ci­lla al­ma­día, hecha con ba­rri­cas ata­das unas a otras, y pa­sa­mos la noche en la casa de pos­tas, en la otra ori­lla. En este día pagué el al­qui­ler de mi ca­bal­ga­dura por 31 le­guas, y aun­que bri­llaba un sol ar­diente, sentí poca fa­tiga. […]

29 y 30 de sep­tiem­bre.—Hemos se­guido ca­bal­gando por lla­nu­ras del mismo ca­rác­ter.

En San Nicolás he visto por vez primera el magnífico río Paraná.

Río Paraná

06509 Camino al Paraná / Rosario

Rosario sobre la barranca

Antes de lle­gar a Rosario cru­za­mos el Saladillo, co­rriente de agua cris­ta­lina, pero de­ma­siado sa­lo­bre para ser po­ta­ble. Rosario es una gran ciu­dad, edi­fi­cada en una me­seta ho­ri­zon­tal le­van­tada sobre el Paraná unos 18 me­tros. El río aquí es muy ancho y tiene nu­me­ro­sas islas, bajas y fron­do­sas, como tam­bién la opuesta ri­bera. La vista del río pa­re­ce­ría la de un gran lago, a no ser por las is­li­tas en forma de del­ga­das cin­tas, úni­cos ob­je­tos que dan idea del agua co­rriente. Los fa­ra­llo­nes cons­ti­tu­yen la parte más pin­to­resca; unas veces son del todo ver­ti­ca­les y de color rojo, y otras se pre­sen­tan en gran­des masas hen­di­das, cu­bier­tas de cac­tus y mi­mo­sas.

EDLa ciudad sobre la meseta, con los datos del fragmento. Corte esquemático, sin escala.

06609 Camino al Paraná / Rosario

Qué hace grande al Paraná

Pero la ver­da­dera gran­deza de un río in­menso como éste de­riva: 1.º, de cons­ti­tuir un im­por­tante medio de co­mu­ni­ca­ción y co­mer­cio entre los pa­í­ses por donde pasa; 2.º, de la vasta ex­ten­sión de su co­marca, y 3.º, del vasto te­rri­to­rio que avena la mole in­mensa de agua que arras­tra en su curso.

EDTres rótulos para la enumeración de Darwin

1.º Conecta«medio de comunicación y comercio entre los países por donde pasa»
2.º Abarca«la vasta extensión de su comarca»
3.º Drena«el vasto territorio que avena»
06709 Camino al Paraná / Rosario

10 1 oct. 1833

Paraná fósil
Santa Fe

1 de oc­tu­bre.—Hemos par­tido a la luz de la Luna y lle­gado al río Tercero con la sa­lida del Sol. Dicho río lleva tam­bién el nom­bre de Saladillo, por lo sa­lo­bre de sus aguas. Me de­tuve aquí la mayor parte del día para bus­car hue­sos fó­si­les.

06810 Paraná fósil / Santa Fe

Fósiles expuestos en la barranca

Además de un diente com­pleto del Toxodon y mu­chos hue­sos es­par­ci­dos aquí y allá, en­con­tré dos enor­mes es­que­le­tos muy pró­xi­mos, que se pro­yec­ta­ban en atre­vido re­lieve, sa­liendo del tajo per­pen­di­cu­lar del Paraná. Sin em­bargo, es­ta­ban tan po­dri­dos que sólo me fué po­si­ble ex­traer pe­que­ños frag­men­tos de uno de los gran­des mo­la­res; bas­tan, a pesar de todo, para de­mos­trar que los res­tos men­cio­na­dos per­te­ne­cie­ron a un mas­to­donte, pro­ba­ble­mente de la misma es­pe­cie que el que en época re­mota hubo de ha­bi­tar en gran nú­mero la Cordillera en el Alto Perú. Los hom­bres que me lle­va­ron en la canoa te­nían no­ti­cia de estos es­que­le­tos largo tiempo hacía, según me con­ta­ron, aña­diendo que, como no acer­ta­ban a ex­pli­carse la pre­sen­cia de los mis­mos en aquel sitio, se echa­ron a dis­cu­rrir al­guna su­po­si­ción, y con­clu­ye­ron como cosa pro­ba­ble que el mas­to­donte ¡debió de fa­bri­carse sus ma­dri­gue­ras, como la viz­ca­cha, y que hubo de pe­re­cer se­pul­tado en sus gua­ri­das! Por la tarde re­co­rri­mos a ca­ba­llo otro tre­cho y cru­za­mos el Monje, co­rriente tam­bién sa­lo­bre, que aca­rrea alu­vio­nes del la­vado de las Pampas.

EDLos hallazgos del fragmento, dentro del corte del terreno. Esquema sin escala; las formas y la ubicación son convencionales.

06910 Paraná fósil / Santa Fe

Coronda y cambio ambiental

2 de oc­tu­bre.—Hemos pa­sado por Corunda, que, mer­ced a la fron­do­si­dad de sus jar­di­nes, es una de las po­bla­cio­nes más bo­ni­tas que he visto. Desde este punto a Santa Fe el ca­mino no es muy se­guro. […] Por la ma­ñana lle­ga­mos a Santa Fe. Allí me sor­pren­dió ob­ser­var el gran cam­bio de clima, pro­du­cido por la di­fe­ren­cia de sólo 3° de la­ti­tud, entre este lugar y Buenos Aires. Así lo evi­den­cia­ban el ves­tido y com­ple­xión de los hom­bres, el mayor de­sa­rro­llo del ombú, el gran nú­mero de nue­vos cac­tus (1) y otras plan­tas, y es­pe­cial­mente de las aves. En el trans­curso de una hora ob­servé media do­cena de las úl­ti­mas que nunca había visto en Buenos Aires. Considerando que no exis­ten fron­te­ras na­tu­ra­les entre las dos re­gio­nes y que el ca­rác­ter del país es muy se­me­jante, la di­fe­ren­cia dicha era mayor de la que podía es­pe­rarse.

E(1) Siempre que el autor habla de cactus se podrá dudar si se refiere al grupo de la familia de las Cactáceas o específicamente al género Cactus, que tiene más de 300 especies indígenas de América. Las especies del género Opuntia, también perteneciente a la misma familia, son nuestras tunas o higueras chumbas.

ED«Corunda» figura así en la edición de 1921: es Coronda.

EDLo que cambia hacia el Norte, según el fragmento. Esquema sin escala.

07010 Paraná fósil / Santa Fe

Cruzar el Paraná

5 de oc­tu­bre.—Cruzamos el Paraná para ir a Santa Fe Bajada, po­bla­ción si­tuada en la ori­lla opuesta. El paso nos costó al­gu­nas horas, por­que el río aquí se com­pone de un la­be­rinto de pe­que­ños ra­ma­les de agua, se­pa­ra­dos por islas bajas y bos­co­sas.

ED«Un laberinto de pequeños ramales de agua, separados por islas bajas y boscosas.» Esquema sin escala; no es un mapa del río.

07110 Paraná fósil / Santa Fe

11 5–12 oct. 1833

Bajada
Geología
del Paraná

Me de­tuve aquí cinco días y me de­di­qué a exa­mi­nar la ge­o­lo­gía del país de los al­re­de­do­res, que era ver­da­de­ra­mente in­te­re­sante.

07211 Bajada / geología del Paraná

Una sección del Paraná

Aquí he ha­llado, en la base de los ris­cos, le­chos que con­te­nían dien­tes de ti­bu­rón y con­chas ma­ri­nas de es­pe­cies ex­tin­tas, y de esos le­chos se pa­saba, as­cen­diendo, a una capa de marga en­du­re­cida, que a su vez de­ge­ne­raba en la tie­rra ar­ci­llosa de las Pampas, con sus con­cre­cio­nes cal­cá­reas y hue­sos de cua­drú­pe­dos te­rres­tres. Esta sec­ción ver­ti­cal nos habla cla­ra­mente de una am­plia bahía de pura agua sa­lada y gra­dual­mente ro­bada al mar, y con­ver­tida al fin en el lecho de un es­tua­rio ce­na­goso, al que fue­ron arras­tra­dos los ca­dá­ve­res flo­tan­tes.

EDLa sección, de abajo arriba, con los términos de la edición de 1921. La lectura (de bahía a estuario) es la interpretación de Darwin. Sin escala.

07311 Bajada / geología del Paraná

Los fósiles de Bajada

En el de­pó­sito pam­pe­ano de la Bajada en­con­tré la ar­ma­zón ósea de un ani­mal gi­gan­tesco pa­re­cido al ar­ma­di­llo, cuyo in­te­rior cuando se secó la tie­rra que con­te­nía re­me­daba la forma de una gran cal­dera, y tam­bién hallé dien­tes del Toxodon y mas­to­donte, junto con el diente de un ca­ba­llo […]

EDEl inventario del fragmento

  1. 1Armazón ósea de un animal parecido al armadillo
  2. 2Dientes del Toxodon
  3. 3Dientes de mastodonte
  4. 4El diente de un caballo
07411 Bajada / geología del Paraná

Comprobar el contexto

El úl­timo me in­te­resó gran­de­mente (1), por lo que tuve es­cru­pu­loso cui­dado de com­pro­bar con toda cer­teza el hecho de haber que­dado se­pul­tado al mismo tiempo que los otros res­tos […]

D(1) Apenas necesito afirmar aquí las pruebas indiscutibles de que en tiempos de Colón no vivía en América ningún caballo.

EDEl método, paso a paso

  1. 1Hallar: un diente de caballo entre los fósiles
  2. 2Verificar: que quedó sepultado con los otros restos
  3. 3Comparar: con otros dientes, fósiles y recientes
  4. 4Inferir: en Sudamérica vivió un caballo indígena

EDLos pasos 3 y 4 resumen lo que el diario cuenta a continuación de este fragmento.

07511 Bajada / geología del Paraná

El gran seco

El pe­rí­odo com­pren­dido entre los años 1827 y 1832 se llama el «gran seco», o la gran se­quía. Durante ese tiempo fué tan es­casa la llu­via caída, que no cre­ció nin­guna planta, ni si­quiera car­dos; los arro­yos se se­ca­ron, y todo el país tomó el as­pecto de un pol­vo­riento ca­mino ca­rre­tero. Así ocu­rrió es­pe­cial­mente en la parte sep­ten­trio­nal de la pro­vin­cia de Buenos Aires y me­ri­dio­nal de Santa Fe. Pereció un gran nú­mero de aves, ani­ma­les sil­ves­tres, ga­nado va­cuno y ca­ba­llar por falta de ali­mento y agua.

EDLos años y la región que da el fragmento. Sin escala.

07611 Bajada / geología del Paraná

Cómo se forma un depósito

Por mi parte noté que el lecho de las co­rrien­tes me­no­res de las Pampas es­taba pa­vi­men­tado con una capa de hue­sos; pero es pro­ba­ble que sea efecto de una reu­nión gra­dual antes que de la des­truc­ción en uno de estos pe­rí­o­dos. Después de la se­quía de 1827 a 1832 si­guió una época de llu­vias co­pio­sí­si­mas, que cau­sa­ron gran­des inun­da­cio­nes. De donde po­de­mos in­fe­rir casi con gran cer­teza que al­gu­nos mi­lla­res de es­que­le­tos que­da­ron se­pul­ta­dos por los arras­tres de tie­rras del año in­me­diato. Si un ge­ó­logo viera tan enorme co­lec­ción de hue­sos de toda clase de ani­ma­les y de todas las eda­des, en­cas­tra­dos así en una es­pesa masa de tie­rra, ¿qué pen­sa­ría de todo ello? ¿No lo atri­bui­ría a un di­lu­vio que hu­biera ba­rrido la su­per­fi­cie de la tie­rra, antes que al curso na­tu­ral de las cosas?

EDLa secuencia que propone el fragmento, en cuatro momentos. Esquema sin escala; las formas son convencionales.

07711 Bajada / geología del Paraná

Regreso · desde 12 oct. 1833

Paraná abajo

12 de oc­tu­bre.—He in­ten­tado pro­lon­gar mi ex­cur­sión más allá; pero, no sin­tién­dome en­te­ra­mente bien, me he visto pre­ci­sado a re­gre­sar en una ba­lan­dra, o sea en un barco de un solo más­til, capaz de car­gar cien to­ne­la­das, poco más ó menos, que iba des­ti­nado a Buenos Aires. Como el tiempo no es­taba bueno, tu­vi­mos que ama­rrar, al venir la ma­dru­gada, a la rama de un árbol en una de las islas. El Paraná está lleno de ellas y pasan por una cons­tante al­ter­na­tiva de de­ca­den­cia y re­no­va­ción. El pa­trón del barco re­cor­daba haber visto de­sa­pa­re­cer va­rias de las gran­des y for­marse otras nue­vas, que se ha­bían cu­bierto de una pro­tec­tora ve­ge­ta­ción. Se com­po­nen de arena ce­na­gosa, sin la menor pie­dre­zuela, y a la sazón se le­van­ta­ban poco más de un metro sobre el nivel del río; pero se inun­dan du­rante las ave­ni­das pe­rió­di­cas. Todas pre­sen­tan el mismo ca­rác­ter, es a saber: nu­me­ro­sos sau­ces y al­gu­nos otros ár­bo­les en­la­za­dos unos a otros por una gran va­rie­dad de plan­tas tre­pa­do­ras, dando por re­sul­tado una fron­dosa ma­ni­gua.

EDLas islas según el fragmento: se forman, se cubren de vegetación y desaparecen. Corte sin escala.

078Regreso por el Paraná

Un río vivo

Estas es­pe­su­ras su­mi­nis­tran un re­fu­gio a los Capybaras y ja­gua­res (1). El miedo a los úl­ti­mos ha dado al traste con todo el pla­cer que me pro­me­tía de in­ter­narme en el bos­que. Esta tarde, no bien había an­dado cien me­tros, cuando hallé se­ña­les cier­tas de la re­ciente pre­sen­cia del tigre, vién­dome obli­gado a re­tro­ce­der […]

15 de oc­tu­bre.—Proseguimos nues­tra na­ve­ga­ción río abajo, y pa­sa­mos Punta Gorda, donde hay una co­lo­nia de in­dios man­sos, pro­ce­dente de la pro­vin­cia de Misiones. Navegamos con ra­pi­dez a favor de la co­rriente, pero un temor in­fun­dado al mal tiempo nos hizo po­ner­nos a la capa de un ramal es­tre­cho del río antes de la puesta del Sol. Tomé el bote y remé un tre­cho, su­biendo por dicho afluente. Era muy es­tre­cho, si­nuoso y pro­fundo; en ambas már­ge­nes, una ba­rrera de nueve a doce me­tros de al­tura, for­mada por ár­bo­les en­tre­la­za­dos con tre­pa­do­ras, daba al canal un as­pecto sin­gu­lar­mente som­brío.

E(1) Como el león americano es el puma, la pantera americana es el jaguar (Felis onça L.).

ED«Muy estrecho, sinuoso y profundo.» Corte sin escala.

EDEn este canal el diario registra, a continuación, el picotijera (Rhynchops nigra, según la edición).

079Regreso por el Paraná

12 desde 20 oct. 1833

Buenos Aires II

20 de oc­tu­bre.—Al lle­gar a la de­sem­bo­ca­dura del Paraná, como tenía vivos de­seos de lle­gar a Buenos Aires, de­sem­bar­qué en Las Conchas, con in­ten­ción de pro­se­guir desde allí a ca­ba­llo. Al echar pie a tie­rra me en­con­tré con la gran sor­presa de que hasta cierto punto era un pri­sio­nero. Á con­se­cuen­cia de haber es­ta­llado una re­vo­lu­ción vio­lenta, todos los puer­tos ha­bían sido em­bar­ga­dos. Me era im­po­si­ble re­gre­sar a mi navio, y en cuanto a ir por tie­rra a Buenos Aires, era cosa en que no cabía pen­sar. Después de una larga con­ver­sa­ción con el co­man­dante ob­tuve per­miso para pre­sen­tarme al día si­guiente al ge­ne­ral Rolor, que man­daba una di­vi­sión de re­bel­des en este lado de la ca­pi­tal. Por la ma­ñana mar­ché a ca­ba­llo al cam­pa­mento. General, ofi­cia­les y sol­da­dos, todos pa­re­cían, y creo que en re­a­li­dad lo eran, gran­des vi­lla­nos. El ge­ne­ral, la misma tarde antes de dejar la ciu­dad se pre­sentó al go­ber­na­dor, y con la mano puesta en el co­ra­zón dió su pa­la­bra de honor de que él al menos per­ma­ne­ce­ría fiel hasta el úl­timo ins­tante. Me dijo el ge­ne­ral que la ciu­dad es­taba es­tre­cha­mente si­tiada y que todo lo que podía hacer era darme un pa­sa­porte […]

EDEl acceso a la ciudad según el fragmento: el paso está cerrado. Esquema sin escala.

08012 Buenos Aires II

La ciudad sitiada

Por lo tanto, nos fué pre­ciso dar una gran vuelta al­re­de­dor de la ciu­dad, y a duras penas pu­di­mos pro­cu­rar­nos ca­ba­llos. Mi re­cep­ción en el cam­pa­mento fué per­fec­ta­mente cor­tés, pero me di­je­ron que era ab­so­lu­ta­mente im­po­si­ble darme per­miso para en­trar en la ciu­dad. Esto me pro­du­cía gran an­sie­dad, por­que es­taba en la cre­en­cia de que el Beagle par­ti­ría del río de la Plata mucho antes del tiempo en que lo efec­tuó. Pero, ha­biendo men­cio­nado las ob­se­quio­sas aten­cio­nes re­ci­bi­das del ge­ne­ral Rosas cuando es­tuve en el Colorado, ni el con­juro más po­de­roso hu­biera cam­biado las cir­cuns­tan­cias tan rá­pi­da­mente como esta con­ver­sa­ción. Al punto me di­je­ron que, aun­que no po­dían darme un pa­sa­porte, si me ave­nía a dejar el guía y los ca­ba­llos yo po­dría pasar, yendo solo, los pues­tos de los cen­ti­ne­las. Acepté con el mayor gusto, y en­via­ron con­migo un ofi­cial para man­dar que no me de­tu­vie­ran en el puente. El ca­mino, por es­pa­cio de una legua, es­taba en­te­ra­mente de­sierto. Encontré un pi­quete de sol­da­dos, que se con­ten­ta­ron con echar una mi­rada a un an­ti­guo pa­sa­porte mío, y al fin, con no pe­queña sa­tis­fac­ción, me vi den­tro de la ciu­dad. […]

Habiéndome visto for­zado a de­te­nerme cerca de quince días en la ciu­dad, me ale­gré de poder es­ca­par a bordo de un pa­que­bote que iba des­ti­nado a Montevideo. Una ciu­dad en es­tado de sitio no puede menos de ser un lugar de re­si­den­cia de­sa­gra­da­ble; pero en este caso se vivía ade­más en con­ti­nua alarma a causa de los la­dro­nes que había den­tro. Los cen­ti­ne­las eran los pe­o­res de todos, pues por razón de su ofi­cio y lle­var armas en la mano, ro­ba­ban con cierta au­to­ri­dad, que los demás no po­dían imi­tar. Tuvimos una tra­ve­sía muy larga y mo­lesta. El Plata pa­rece un mag­ní­fico es­tua­rio en el mapa, pero en re­a­li­dad no lo es tanto. Una an­chu­rosa ex­ten­sión de agua ce­na­gosa no tiene ni gran­dio­si­dad ni be­lleza.

EDLa misma cuadrícula de la página 059, ahora cerrada por el sitio: Darwin entra solo. Esquema sin escala; no es un plano.

08112 Buenos Aires II

13 23 dic. 1833

Puerto Deseado

23 de di­ciem­bre.—Hemos arri­bado a Puerto Deseado, si­tuado a los 47° de la­ti­tud, en la costa de Patagonia. El abra pe­ne­tra a unas 20 mi­llas en el con­ti­nente, con una an­chura irre­gu­lar. El Beagle ancló a pocas mi­llas de la en­trada, frente a las rui­nas de un an­ti­guo po­blado es­pa­ñol. Aquella misma tarde salté a tie­rra.

EDEl abra según el fragmento, a los 47° de latitud. Esquema sin escala; no es un mapa.

08213 Puerto Deseado

La llanura patagónica

A la al­tura de 60 a 90 me­tros sobre al­gu­nas masas de pór­fido, se ex­tiende una vasta lla­nura, que es pe­cu­liar y ca­rac­te­rís­tica de Patagonia. La su­per­fi­cie es per­fec­ta­mente ho­ri­zon­tal, y se com­pone de un cas­cajo re­dondo mez­clado con una tie­rra blan­que­cina. Aquí y allá cre­cen ma­to­jos dis­per­sos de hierba co­rre­osa y par­dusca, al­ter­nando con es­pi­no­sos ar­bus­tos ena­nos, menos nu­me­ro­sos aún. El tiempo es seco y agra­da­ble, y el lim­pio azul del cielo rara vez se obs­cu­rece. Cuando se está en medio de una de estas lla­nu­ras de­sier­tas y se mira hacia el in­te­rior, el ho­ri­zonte se pre­senta ge­ne­ral­mente li­mi­tado por la es­carpa de otra pla­ni­cie más alta, pero igual­mente llana y de­so­lada, y en cual­quier di­rec­ción la línea en que se con­funde el cielo con la tie­rra se pre­senta in­dis­tinta a causa del tré­mulo es­pe­jismo que pa­rece le­van­tarse de la ca­len­tada su­per­fi­cie.

EDLa llanura y la escarpa que cierra el horizonte, con los datos del fragmento. La línea ondulada es el espejismo. Perfil sin escala.

08313 Puerto Deseado

Registro de campo

El guanaco

El gua­naco, o llama sal­vaje (3), es el cua­drú­pedo ca­rac­te­rís­tico de las lla­nu­ras de Patagonia; en Sudamérica re­pre­senta el ca­me­llo del Oriente. En el es­tado de na­tu­ra­leza es un ani­mal ele­gante, con cue­llo largo y es­belto y patas del­ga­das. Abunda mucho en todas las re­gio­nes tem­pla­das del con­ti­nente, ex­ten­dién­dose por el Sur hasta las islas pró­xi­mas al cabo de Hornos. Generalmente vive en pe­que­ños re­ba­ños de 12 a 30 in­di­vi­duos; pero en las ri­be­ras de Santa Cruz vimos un re­baño que debía de con­te­ner lo menos 500. De or­di­na­rio son ex­tra­or­di­na­ria­mente es­qui­vos. Mr. Stokes me contó que un día había visto con un an­te­ojo de largo al­cance un re­baño de estos ani­ma­les, que sin duda ha­bían sido es­pan­ta­dos y huían a todo co­rrer, aun­que la dis­tan­cia era tan grande que no podía dis­tin­guir­los a sim­ple vista. El ca­za­dor, con fre­cuen­cia es ad­ver­tido de que hay gua­na­cos en las cer­ca­nías por el pe­cu­liar re­lin­cho de alarma, que hacen oír a gran dis­tan­cia. Si en­ton­ces mira con aten­ción, pro­ba­ble­mente verá el re­baño ali­ne­ado junto a al­guna co­lina dis­tante. Al acer­carse se oyen al­gu­nos chi­lli­dos más, y el grupo parte a ga­lope en apa­rien­cia lento, pero en re­a­li­dad rá­pido, si­guiendo al­guna an­gosta ruta muy tran­si­tada, hasta al­guna al­tura pró­xima. Pero si por ca­sua­li­dad en­cuen­tra de pronto uno o va­rios ani­ma­les, ge­ne­ral­mente todos los gua­na­cos se pa­ra­rán y per­ma­ne­ce­rán in­mó­vi­les, con­tem­plán­do­los aten­ta­mente; des­pués se ale­jan quizá al­gu­nos me­tros, dan la vuelta y vuel­ven a mirar. ¿Cuál es la causa de esta di­fe­ren­cia en su pro­ce­der? ¿Es que a dis­tan­cia con­fun­den al hom­bre con su prin­ci­pal ene­migo, el puma? ¿O es que la cu­rio­si­dad se so­bre­pone a su ti­mi­dez?

E(3) Los camélidos están representados en América Meridional por especies sin joroba y algo menores que el camello y el dromedario. Las especies son la llama, guanaco o huanaco (Lama huanacus), la alpaca (L. pacos) y la vicuña (L. vicunna). Su lana es muy apreciada y la llama sirve a los peruanos de bestia de carga.

08413 Puerto Deseado

Todo era silencio
y desolación.

Sin em­bargo, al pasar por re­gio­nes tan yer­mas y so­li­ta­rias, sin nin­gún ob­jeto bri­llante que llame la aten­ción, se apo­dera del ánimo un sen­ti­miento mal de­fi­nido, pero de ín­timo gozo es­pi­ri­tual. El es­pec­ta­dor se pre­gunta por cuán­tas eda­des ha per­ma­ne­cido así aque­lla so­le­dad, y por cuán­tas más per­du­rará en este es­tado.

08513 Puerto Deseado

14 9 ene. 1834

Puerto
San Julián

9 de enero de 1834.—Antes que obs­cu­re­ciera, ancló el Beagle en el mag­ní­fico y es­pa­cioso puerto de San Julián, si­tuado a unas 110 mi­llas al sur de Puerto Deseado. Aquí per­ma­ne­ci­mos ocho días. El te­rri­to­rio es casi igual al de Puerto Deseado, pero quizá algo más es­té­ril.

EDLa distancia que da el fragmento. Esquema sin escala.

08614 Puerto San Julián

Sed y falso lago

Once horas es­tu­vi­mos sin pro­bar agua, y al­gu­nos de la par­tida se sen­tían en­te­ra­mente ago­ta­dos. Desde la cima de la mon­taña (con gran opor­tu­ni­dad lla­mada desde en­ton­ces Thirsty Hill, la Montaña Sedienta) di­vi­sa­mos un mag­ní­fico lago, y dos del grupo se en­ca­mi­na­ron a él, des­pués de haber con­ve­nido al­gu­nas se­ña­les para in­di­car si era o no agua dulce. ¡Cuál no sería nues­tro de­sen­canto al saber que era una nivea ex­ten­sión de sal cris­ta­li­zada en gran­des cubos!

Lo que vieron desde la cima«un magnífico lago»
Lo que era«sal cristalizada en grandes cubos»
08714 Puerto San Julián

Capas de Patagonia

La ge­o­lo­gía de Patagonia es in­te­re­sante. A di­fe­ren­cia de lo que ocu­rre en Europa, donde las for­ma­cio­nes ter­cia­rias pa­re­cen ha­berse acu­mu­lado en las ba­hías, aquí, a lo largo de cen­te­na­res de mi­llas de costa, te­ne­mos un gran de­pó­sito que con­tiene mu­chas con­chas ter­cia­rias, todas al pa­re­cer ex­tin­tas. La con­cha más común es una ostra ma­ciza gi­gan­tesca, que a veces tiene tres de­cí­me­tros de diá­me­tro. Estos le­chos están cu­bier­tos por otros de una clase pe­cu­liar de pie­dra blanca, com­puesta en gran parte de yeso y pa­re­cida a la cal, aun­que en re­a­li­dad su na­tu­ra­leza es la de la pie­dra pómez. Es no­ta­bi­lí­sima por com­po­nerse, al menos en una dé­cima parte de su vo­lu­men, de in­fu­so­rios: el pro­fe­sor Ehrenberg ha com­pro­bado ya en ella la exis­ten­cia de 30 for­mas oce­á­ni­cas. La capa men­cio­nada se ex­tiende 500 mi­llas a lo largo de la costa, y tal vez a dis­tan­cia mucho mayor. ¡En Puerto San Julián su es­pe­sor pasa de 240 me­tros!

EDLas dos capas del fragmento, con los términos y cifras de la edición de 1921. No es un perfil geológico actual. Sin escala.

240 m
espesor de la piedra blanca en San Julián («pasa de»)
500
millas a lo largo de la costa
3 dm
diámetro de la ostra, «a veces»
08814 Puerto San Julián

El tiempo de los guijarros

Estos blan­cos es­tra­tos se pre­sen­tan en todas par­tes cu­bier­tos por una masa de cas­cajo, que forma pro­ba­ble­mente uno de los ma­yo­res ya­ci­mien­tos de su clase en el mundo; con toda se­gu­ri­dad se ex­tiende desde cerca del río Colorado hasta 600 ó 700 mi­llas náu­ti­cas (1) al Sur; en el Santa Cruz (río que corre un poco al me­dio­día de San Julián) llega hasta el pie de la Cordillera; a medio ca­mino río arriba su es­pe­sor ex­cede de 60 me­tros: pro­ba­ble­mente se ex­tiende por todas par­tes hasta la gran ca­dena de donde pro­ce­den los can­tos ro­da­dos de pór­fido; po­de­mos cal­cu­lar que, por tér­mino medio, tiene una an­chura de 200 mi­llas y un es­pe­sor de 15 me­tros. Si esta gran capa de gui­ja­rros, sin in­cluir la parte te­rrosa pro­ce­dente de su des­gaste, se reu­niera en un mon­tón, for­ma­ría ¡una gran ca­dena de mon­ta­ñas! Cuando se con­si­dera que todos esos gui­ja­rros, tan in­con­ta­bles como los gra­nos de arena del de­sierto, han pro­ce­dido de la lenta dis­gre­ga­ción de masas de roca en las an­ti­guas lí­neas cos­te­ras y már­ge­nes de los ríos, y que los pri­me­ros frag­men­tos gran­des se han re­du­cido a tro­zos más pe­que­ños, que desde en­ton­ces han ro­dado poco a poco, re­don­de­án­dose y trans­por­tán­dose a le­ja­nas dis­tan­cias, el ánimo se llena de asom­bro al pen­sar en el lar­guí­simo y ab­so­lu­ta­mente ne­ce­sa­rio lapso de años. Y, no obs­tante, toda esa capa de grava ha sido trans­por­tada, y pro­ba­ble­mente re­don­de­ada, des­pués de ha­berse de­po­si­tado los es­tra­tos blan­cos, y muy pos­te­rior­mente a las capas in­fra­ya­cen­tes, con con­chas ter­cia­rias. […]

E(1) Distinguen los ingleses dos millas: la milla marina o náutica (nautical mile), de 1.855 metros, que es casi la longitud de un minuto de meridiano cerca del paralelo medio de las Islas Británicas, y la milla (mile o statute-mile) de 1.609,34 metros, empleada para distancias terrestres.

EDDe la roca a la capa de grava, como lo cuenta el fragmento. Esquema sin escala.

08914 Puerto San Julián

Macrauchenia

En Puerto San Julián, en un lé­gamo rojo que cubre la grava de la lla­nura, de 27 me­tros de al­ti­tud, en­con­tré medio es­que­leto del Macrauchenia Patachonica, no­ta­ble cua­drú­pedo, tan grande como un ca­me­llo. Pertenece a la misma di­vi­sión o grupo de los Paquidermos, junto con el ri­no­ce­ronte, tapir y Palæotherium, pero en la es­truc­tura de los hue­sos de su largo cue­llo ofrece una evi­dente re­la­ción con el ca­me­llo, o más bien con el gua­naco y llama. Del hecho de ha­berse ha­llado con­chas ma­ri­nas re­cien­tes en dos de las más altas lla­nu­ras es­ca­lo­na­das, que deben de ha­berse mo­de­lado y le­van­tado antes que se de­po­si­tara el lé­gamo en que quedó se­pul­tado el Macrauchenia, se co­lige con cer­teza que este cu­rioso cua­drú­pedo vivió mucho tiempo des­pués de haber es­tado po­blado el mar por sus con­chas ac­tua­les. En un prin­ci­pio no podía com­pren­der cómo un cua­drú­pedo tan cor­pu­lento había ha­llado ma­nera de sub­sis­tir en la la­ti­tud 49° 15', en estas de­so­la­das lla­nu­ras de grava, con su ra­quí­tica ve­ge­ta­ción; pero la afi­ni­dad del Macrauchenia con el gua­naco, que ahora ha­bita en las re­gio­nes más es­té­ri­les, ex­plica en parte esa di­fi­cul­tad.

EDLas dos relaciones que señala Darwin, con el nombre y los grupos de la edición de 1921. No es una clasificación actual.

09014 Puerto San Julián

La pregunta por la extinción

¿Cuál ha sido, pues, la causa que ha exterminado tantas especies y todos los géneros?

El ánimo se siente arras­trado desde luego irre­sis­ti­ble­mente a su­po­ner algún gran ca­ta­clismo; mas para des­truir así tan­tos ani­ma­les, gran­des y pe­que­ños, en el sur de Patagonia, en el Brasil, en la Cordillera del Perú, en Norteamérica hasta el es­tre­cho de Behring, sería me­nes­ter sa­cu­dir el globo en­tero (1). Fuera de eso, el exa­men de la ge­o­lo­gía de La Plata y Patagonia con­duce a la cre­en­cia de que todos los ras­gos del país pro­vie­nen de cam­bios len­tos y gra­dua­les. […] La evi­den­cia de que la es­ca­sez pre­cede a la ex­tin­ción se ve pa­ten­te­mente en los es­tra­tos ter­cia­rios su­ce­si­vos, según han hecho notar va­rios ob­ser­va­do­res; a me­nudo se ha ha­llado que una con­cha muy abun­dante en un es­trato ter­cia­rio es ahora ra­rí­sima, y aun se la ha cre­ído ex­tinta por largo tiempo. Si, pues, como pa­rece pro­ba­ble, la es­pe­cie se hace rara pri­mero y luego de­sa­pa­rece; si el au­mento de­ma­siado rá­pido de todas las es­pe­cies, aun las más fa­vo­re­ci­das, se halla cons­tan­te­mente re­pri­mido, como es for­zoso ad­mi­tir, aun­que sea di­fí­cil decir cuándo y cómo, y si vemos sin la menor sor­presa, aun siendo in­ca­pa­ces de se­ña­lar la razón pre­cisa, que una es­pe­cie abunda y otra muy afín es rara en la misma co­marca, ¿por qué hemos de asom­brar­nos de que la es­ca­sez, lle­vada a un grado mayor, con­duzca a la ex­tin­ción?

E(1) La teoría de los cataclismos geológicos como explicación de la sucesión de las faunas fue inventada por Cuvier. El geólogo inglés Lyell, a quien Darwin dedicó esta obra, arruinó por completo la teoría de Cuvier tras la racional exposición de las causas actuales en sus Principles of Geology. Hoy —salvo los no enterados— nadie defiende en geología los cambios súbitos y catastróficos.

ED«La especie se hace rara primero y luego desaparece.» La causa queda como pregunta.

09114 Puerto San Julián

15 13 abr.–8 may. 1834

Río Santa Cruz

13 de abril de 1834.—El Beagle ancló den­tro de la de­sem­bo­ca­dura del Santa Cruz. Este río está si­tuado a unas 60 mi­llas al sur de Puerto San Julián. Durante el úl­timo viaje, el ca­pi­tán Stokes na­vegó 30 mi­llas río arriba; pero luego, por falta de pro­vi­sio­nes, se vió obli­gado a re­gre­sar. Excepto lo que en­ton­ces se des­cu­brió, ape­nas se sabía nada de este gran río. El ca­pi­tán Fitz Roy re­sol­vió ahora se­guir su curso mien­tras el tiempo lo per­mi­tiera. El 18 par­tie­ron tres botes ba­lle­ne­ros, con pro­vi­sio­nes para tres se­ma­nas, y los ex­pe­di­cio­na­rios éra­mos 25, nú­mero su­fi­ciente para re­sis­tir cual­quier par­tida hos­til de in­dios. Favorecidos por una fuerte ple­a­mar y un tiempo her­moso, avan­za­mos un buen tra­yecto; en­tra­mos poco des­pués en agua dulce […]

EDLa expedición, en números

3
botes balleneros
25
expedicionarios
3
semanas de provisiones

EDEl río, del Atlántico hacia el Oeste, con los datos del fragmento. Esquema sin escala; no es un mapa.

09215 Río Santa Cruz

El gran río

El río tomó aquí las di­men­sio­nes y as­pecto que se con­ser­va­ron inal­te­ra­bles hasta el punto más le­jano de nues­tro avance. La an­chura, por regla ge­ne­ral, fué de 300 a 400 me­tros, y la pro­fun­di­dad en la parte media, de unos cinco. Su par­ti­cu­la­ri­dad más no­ta­ble la cons­ti­tuye quizá la ra­pi­dez de la co­rriente, que en todo su curso mar­cha a razón de seis nudos por hora. El agua es de un her­moso color azul, pero con un li­gero tinte le­choso, y no tan trans­pa­rente como pu­diera juz­garse a pri­mera vista. Fluye por un lecho de gui­ja­rros pa­re­cido a los que for­man las ri­be­ras y lla­nos de los al­re­de­do­res. Describe una tra­yec­to­ria si­nuosa por un valle que se ex­tiende en línea recta hacia el Oeste. La an­chura del valle men­cio­nado varía entre cinco y diez mi­llas, y está li­mi­tado por te­rra­zas es­ca­lo­na­das, que se le­van­tan en casi todas par­tes, una sobre otra, a la al­tura de 150 me­tros, co­rres­pon­dién­dose de una ma­nera no­ta­ble en las ori­llas opues­tas.

EDCorte del valle, con las medidas que da Darwin. Sin escala.

5 m
de profundidad en la parte media («unos»)
6 nudos
la corriente, en todo su curso
09315 Río Santa Cruz

Contra la corriente

19 de abril.—Claro es que con­tra una co­rriente tan vio­lenta re­sul­taba del todo im­po­si­ble remar o uti­li­zar las velas; en con­se­cuen­cia, hubo de re­cu­rrirse al ar­ti­fi­cio de estar los tres botes, uno tras otro, proa con proa, de­jando dos hom­bres en cada uno, mien­tras los res­tan­tes sal­ta­ron a tie­rra para sir­gar. Describiré aquí el arre­glo ge­ne­ral hecho por el ca­pi­tán Fitz Roy, pues dió ex­ce­len­tes re­sul­ta­dos, fa­ci­li­tando el tra­bajo de todos, y de tal modo que nadie quedó de­so­cu­pado. Dividióse a los ex­pe­di­cio­na­rios en dos tan­das, cada una de las cua­les ha­laba al­ter­na­ti­va­mente de la sirga du­rante hora y media. Los ofi­cia­les de cada bote vi­vían con su co­rres­pon­diente tri­pu­la­ción, to­ma­ban la misma co­mida que ésta y dor­mían en la misma tienda; de suerte que cada bote era en­te­ra­mente in­de­pen­diente de los demás. En cuanto se puso el Sol se eli­gió el pri­mer sitio llano, donde cre­cie­ran al­gu­nos ar­bus­tos, para pasar en él la noche. Cada in­di­vi­duo de la tri­pu­la­ción hacía por turno el ofi­cio de co­ci­nero.

EDEl arreglo de Fitz Roy: dos tandas que se relevan cada hora y media. Esquema sin escala.

09415 Río Santa Cruz

Una Patagonia que parece no cambiar

22 de abril.—El país se­guía siendo el mismo, y ape­nas ofre­cía el menor in­te­rés. Uno de los ca­rac­te­res más no­ta­bles de Patagonia es la com­pleta se­me­janza de pro­duc­cio­nes en toda su ex­ten­sión. Las lla­nu­ras ho­ri­zon­ta­les, de árido cas­cajo, crían las mis­mas plan­tas ena­nas y acha­pa­rra­das, y en los va­lles cre­cen los mis­mos ar­bus­tos es­pi­no­sos. Por todas par­tes se ven las mis­mas aves e in­sec­tos. Aun las ri­be­ras del río y de los cla­ros arro­yue­los que de­sa­guan en él, ape­nas ani­ma­ban el pai­saje con la nota ale­gre de un ver­dor vivo. Sobre esta tie­rra pesa la mal­di­ción de la es­te­ri­li­dad, y de ella par­ti­cipa el agua del río, que corre por un lecho de gui­ja­rros. Por eso es tam­bién es­ca­sí­simo el nú­mero de aves acuá­ti­cas, pues la co­rriente de este río in­fe­cundo no ofrece nada que pueda ser­vir de ali­mento. Mas con ser tan pobre Patagonia, en al­gu­nos res­pec­tos puede, sin em­bargo, ufa­narse de po­seer mayor nú­mero de pe­que­ños ro­e­do­res (1) que tal vez otro país del mundo.

D(1) Los desiertos de Siria se caracterizan, según Volney (tomo I, pág. 351), por arbustos leñosos, numerosos ratones, gacelas y liebres. En la campiña de Patagonia el guanaco reemplaza a la gacela y el agutí a la liebre.

ED«Las mismas plantas […], los mismos arbustos espinosos»: una misma franja, repetida. Esquema sin escala.

09515 Río Santa Cruz

Buscar señales de la Cordillera

24 de abril.—Imitando el ejem­plo de los an­ti­guos na­ve­gan­tes cuando se acer­ca­ban a un país des­co­no­cido, re­gis­trá­ba­mos el te­rreno, bus­cando el menor in­di­cio de un cam­bio de as­pecto. El tronco de un árbol arras­trado por la co­rriente, o el canto ro­dado pro­ce­dente de una roca pri­mi­tiva, era sa­lu­dado con re­go­cijo, como si hu­bié­ra­mos visto un bos­que cre­ciendo en las fal­das de la Cordillera. Pero la señal más ha­la­güeña, y que ca­sual­mente nos ase­guró lo que tanto an­he­lá­ba­mos, la va­ria­ción del pai­saje, fue una masa de nu­ba­rro­nes que casi cons­tan­te­mente con­ser­va­ron la misma po­si­ción. En un prin­ci­pio las nubes fue­ron to­ma­das por las mon­ta­ñas mis­mas […]

26 de abril.—En este día nos en­con­tra­mos con un cam­bio no­ta­ble en la es­truc­tura ge­o­ló­gica de las lla­nu­ras. Desde el mo­mento de la par­tida había yo exa­mi­nado cui­da­do­sa­mente la grava del río, y en los dos úl­ti­mos días había no­tado la pre­sen­cia de al­gu­nos gui­ja­rri­tos de un ba­salto muy ce­lu­lar. Estas pie­dre­zue­las au­men­ta­ron gra­dual­mente en nú­mero y ta­maño, pero sin lle­gar a ser tan gran­des como la ca­beza de un hom­bre. Mas en la ma­ñana de este día los gui­ja­rros de la misma roca, aun­que más com­pac­tos, se hi­cie­ron de pronto más abun­dan­tes, y en el trans­curso de media hora vi, a la dis­tan­cia de cinco o seis mi­llas, el borde an­gu­lar de una gran pla­ta­forma ba­sál­tica.

EDLas señales, en el orden del fragmento

  1. 1Un tronco arrastrado por la corriente
  2. 2Un canto rodado de roca primitiva
  3. 3Nubarrones siempre en la misma posición
  1. 4Guijarritos de basalto muy celular
  2. 5El borde de una plataforma basáltica

EDIndicios, no llegada: la Cordillera todavía no se ve.

09615 Río Santa Cruz

Basalto, manantiales y cóndores

Al cam­biar la es­truc­tura ge­o­ló­gica de las lla­nu­ras se al­tera tam­bién el ca­rác­ter del pai­saje. Mientras re­co­rría uno de los an­gos­tos y ro­co­sos des­fi­la­de­ros pude casi ima­gi­narme trans­por­tado de nuevo a los de­so­la­dos va­lles de la isla de Santiago. Entre los can­ti­les ba­sál­ti­cos hallé al­gu­nas plan­tas que no había visto en nin­guna otra parte, y re­co­nocí otras pro­ce­den­tes de la Tierra del Fuego. Estas rocas po­ro­sas sir­ven como de de­pó­si­tos a la es­casa agua de llu­via, y, con­si­guien­te­mente, en la línea donde se unen las for­ma­cio­nes íg­neas y se­di­men­ta­rias bro­tan al­gu­nos pe­que­ños ma­nan­tia­les (cosa que ocu­rre ra­rí­sima vez en Patagonia), y pue­den dis­tin­guirse a dis­tan­cia por man­chas li­mi­ta­das de bri­llante ver­dor. […]

27 de abril.—El cauce del río se es­tre­cha algún tanto, y de ahí que la co­rriente se haga más rá­pida. Aquí corre a razón de seis nudos por hora. Por esta causa y por los mu­chos y gran­des frag­men­tos es­qui­na­dos que ra­ya­ban los cos­ta­dos de los botes, la na­ve­ga­ción se hizo a un tiempo pe­li­grosa y di­fí­cil. Hoy maté un cón­dor de un tiro.

EDDónde brota el agua, según el fragmento: en la línea que une las dos formaciones. Corte sin escala.

09715 Río Santa Cruz

La Cordillera aparece

29 de abril.—Desde una al­tura hemos sa­lu­dado con gozo las blan­cas cum­bres de la Cordillera, que pa­re­cían aso­mar en aquel mo­mento por entre su som­bría en­vol­tura de nubes. Durante unos cuan­tos días su­ce­si­vos con­ti­nua­mos avan­zando len­ta­mente, por­que el curso del río era muy tor­tuoso y es­taba obs­truido por in­men­sos tro­zos de va­rias rocas an­ti­guas, pi­za­rro­sas y de gra­nito. La lla­nura que bor­dea el valle había al­can­zado aquí una ele­va­ción apro­xi­mada de 300 y pico me­tros sobre el río, y su ca­rác­ter había cam­biado mucho. Los can­tos ro­da­dos de pór­fido apa­re­cían mez­cla­dos con mu­chos e in­men­sos frag­men­tos an­gu­la­res de ba­salto y de rocas pri­ma­rias. El pri­mero de esos blo­ques errá­ti­cos que noté dis­taba 67 mi­llas de la mon­taña más pró­xima; otro que medí tenía cinco me­tros cua­dra­dos y so­bre­sa­lía de la grava metro y medio. Sus bor­des eran tan agu­dos y tan grande su ta­maño, que en un prin­ci­pio lo con­fundí con una roca in situ y saqué mi brú­jula para de­ter­mi­nar la di­rec­ción y bu­za­miento. La lla­nura no era tan per­fec­ta­mente ho­ri­zon­tal como la más pró­xima a la costa; mas con todo eso no pre­sen­taba se­ña­les de nin­gún tras­torno vio­lento. En estas cir­cuns­tan­cias, creo de todo punto im­po­si­ble ex­pli­car el trans­porte de esas masas gi­gan­tes­cas de roca a tan­tas mi­llas de su ori­gen me­diante te­o­ría al­guna, ex­cepto por la de ice­bergs flo­tan­tes.

EDLa Cordillera se ve a lo lejos; no se llega a ella. Los icebergs flotantes son la hipótesis de Darwin, propia de su época. Esquema sin escala.

09815 Río Santa Cruz

Hasta donde se puede llegar

4 de mayo.—El ca­pi­tán Fitz Roy re­sol­vió no lle­var los botes más arriba. El río tenía un curso tor­tuoso y muy rá­pido, y el as­pecto del país no con­vi­daba a se­guir ade­lante. Por todas par­tes en­con­tra­mos las mis­mas pro­duc­cio­nes y el mismo pai­saje de­so­lado. Ahora nos ha­lla­mos a 150 mi­llas del Atlántico y a unas 60 de la costa más cer­cana del Pacífico. El valle, en su parte su­pe­rior, se di­la­taba en una an­chu­rosa cuenca, li­mi­tada al Norte y al Sur por pla­ta­for­mas ba­sál­ti­cas y en­fron­ta­das por la larga ca­dena de la ne­vada Cordillera. Pero con­tem­pla­mos con pena aque­llas gran­des mon­ta­ñas, por­que nos ve­í­a­mos for­za­dos a ima­gi­nar su na­tu­ra­leza y pro­duc­cio­nes en vez de estar, como ha­bí­a­mos es­pe­rado, en sus cimas. Además de la pér­dida inú­til del tiempo que nos había cos­tado el in­tento de se­guir re­mon­tando el río, lle­vá­ba­mos ya al­gu­nos días a media ra­ción de pan. Aunque este ali­mento baste en re­a­li­dad para per­so­nas de mo­de­rado comer, des­pués de una dura jor­nada era poco ali­mento: un es­tó­mago li­gero y una fácil di­ges­tión son cosas bue­nas para pon­de­ra­das, pero de­sa­gra­da­bles en la prác­tica. […]

5 de mayo.—Antes de la sa­lida del Sol em­pe­za­mos nues­tro des­censo. Bajamos dis­pa­ra­dos por la co­rriente, a gran ve­lo­ci­dad, ge­ne­ral­mente a razón de 10 nudos por hora. En este solo día re­tro­ce­di­mos lo que ha­bí­a­mos avan­zado en cinco y medio. […]

El día 8 lle­ga­mos al Beagle, des­pués de nues­tros vein­tiún días de ex­pe­di­ción. Todos menos yo ve­nían des­con­ten­tos; pero a mí aque­lla na­ve­ga­ción río arriba me dió a co­no­cer una sec­ción in­te­re­san­tí­sima de la gran for­ma­ción ter­cia­ria de Patagonia.

EDEl final de la expedición, con los datos del fragmento: los botes dan la vuelta antes de la Cordillera. Esquema sin escala; no es un mapa.

09915 Río Santa Cruz

Mapa final del recorrido

Izquierda: recorrido completo, 1832–1834.
Derecha: detalle de las paradas 02 a 12.

Cómo se llega a cada parada

Por mar, en el Beagle
01 · 02 · 13 · 14
A caballo
03 a 10
Cruce del río
11
Por el río, en balandra
12
En botes balleneros
15

EDCuatro maneras de viajar: navegación marítima en el Beagle, desplazamiento a caballo, travesía fluvial y expedición en botes. Costa, ríos y límites actuales; el trazo entre paradas es orientativo.

100Cierre

Cronología final

Una observación por parada

  1. 01Bosque fueguinoBahía del Buen Suceso · 17–20 dic. 1832
  2. 02Vida en la salinaCarmen de Patagones / Río Negro · 3–10 ago. 1833
  3. 03Desierto y cruce del ColoradoCamino al Río Colorado · desde 11 ago. 1833
  4. 04Transición Patagonia / PampasCamino a Bahía Blanca · ago. 1833
  5. 05Concentración fósil de Punta AltaBahía Blanca / Punta Alta · 24 ago.–7 sep. 1833
  6. 06Ascenso y horizonteSierra de la Ventana · 8–10 sep. 1833
  7. 07Transformación de las PampasTravesía de las Pampas · 11–19 sep. 1833
  8. 08Cuadrícula urbanaBuenos Aires I · 20 sep. 1833
  1. 09Primera visión del ParanáCamino al Paraná / Rosario · 27–30 sep. 1833
  2. 10Fósiles en la barrancaParaná fósil / Santa Fe · 1–5 oct. 1833
  3. 11Lectura geológica de BajadaBajada / geología del Paraná · 5–12 oct. 1833
  4. 12Ciudad sitiadaBuenos Aires II · desde 20 oct. 1833
  5. 13Meseta patagónicaPuerto Deseado · 23 dic. 1833
  6. 14Tiempo geológico y extinciónPuerto San Julián · 9 ene. 1834
  7. 15Remontar el Santa Cruz hacia la CordilleraRío Santa Cruz · 13 abr.–8 may. 1834
101Cierre

Fuentes y notas

Texto principal: Charles Darwin, Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo, traducción española publicada por Espasa-Calpe en 1921. La selección se realizó a partir del corpus de trabajo del proyecto y se contrastó con el escaneo de la edición fuente.

Las ilustraciones, mapas y reconstrucciones generadas para esta reedición deben acreditarse según su procedencia y distinguirse de las imágenes históricas.

Código de notas

  • DNota de Darwin
  • ENota de la edición española
  • EDNota editorial del proyecto

Créditos

Imágenes
Todas las imágenes del libro (ilustraciones, láminas, texturas, flores y mockups) fueron generadas con ChatGPT (OpenAI) para este proyecto, a partir de sus referencias de estilo, y adaptadas al sistema gráfico del libro.
Mapas
009, 011, 016 y 100: costa, ríos y límites de Natural Earth (1:10m, dominio público); recorridos trazados según el diario.
Esquemas
Elaboración del proyecto con los datos del diario.
Tipografías
Playfair Display, Lora e Inter (SIL Open Font License).
102Cierre

Colofón

Darwin en la Argentina — proyecto de reedición y sistema editorial híbrido.

Diseño Editorial — FAPyD, Universidad Nacional de Rosario.

Formato del libro: apaisado, 210 × 160 mm.

Sistema visual: cianotipo, papel cálido, mapas, registros científicos y lectura secuencial.

Complementos: mapa digital interactivo y fichas de campo.

Fin del recorrido.

Quince paradas
para leer un territorio

Este libro recorre los pasajes del viaje de Charles Darwin vinculados con el actual territorio argentino. La selección reorganiza el material para seguir el desplazamiento de manera cronológica y territorial: llegar, atravesar, observar, registrar y comparar. El texto original conserva el centro de la lectura; mapas, fechas, registros de campo e imágenes permiten reconocer los lugares y comprender cómo una observación del paisaje puede convertirse en una pregunta científica.

15 paradas, de la bahía del Buen Suceso al río Santa Cruz · 1832–1834

Selección y recontextualización editorial a partir de Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo, traducción española de Espasa-Calpe, 1921.

Proyecto académico de Diseño Editorial – FAPyD, Universidad Nacional de Rosario. 2026.
Patricio Campodonico · Martina Emma Calderón Calp